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Arquitectos: Clusellas Ades
- Área: 430 m²
- Año: 2019



En los últimos años, la comida ha asumido un papel renovado dentro de la arquitectura, no solo como un programa o tipología, sino como una práctica espacial compartida. Más allá de los restaurantes o del diseño de comedores, los espacios de alimentación colectiva se entienden cada vez más como entornos donde coinciden la presencia, el ritual y el tiempo, permitiendo que las personas se reúnan, permanezcan y coexistan. En estos escenarios, el comer no ocurre simplemente dentro del espacio, sino que lo configura de manera activa, transformando temporalmente entornos comunes, prestados o improvisados en lugares de intercambio.
Este cambio es visible en una amplia gama de proyectos construidos, instalaciones y espacios comunitarios que utilizan las comidas compartidas como un medio para reunir a las personas. Iniciativas como Fondo Supper Club plantean el acto de cenar como una plataforma social, utilizando la comida para conectar a artistas, diseñadores/as y comunidades locales a través de la conversación y la colaboración. Asimismo, sit.feast, presentado durante la Semana del Diseño de Milán 2024, abordó la mesa como una instalación espacial donde sentarse y comer en conjunto se convirtió en el medio principal para producir espacio de forma colectiva.

En toda América Latina, la renovación ha dejado de ser una mera tarea de preservación para convertirse en una respuesta a las cambiantes formas de habitar. En lugar de congelar los edificios en el tiempo, numerosos proyectos contemporáneos intervienen sobre las estructuras preexistentes para adaptarlas a nuevas rutinas domésticas, dinámicas sociales y necesidades espaciales. Mediante cambios estratégicos en los materiales, la composición, el color y la luz, estas intervenciones reinterpretan el espacio cotidiano sin perder el vínculo con su contexto original.
En este proceso, las casas y departamentos se convierten en escenarios de transformación donde se reconsideran minuciosamente las circulaciones, la continuidad y los espacios compartidos. La renovación opera así como una herramienta arquitectónica de precisión que prioriza la luz natural, la apertura y la flexibilidad para acompañar la evolución de la vida diaria. Lejos de imponer nuevas formas, estos proyectos resignifican lo preexistente, alineando las decisiones espaciales con los hábitos y rituales de quienes los habitan.


El hábito de sentarse a la mesa y compartir un momento específico con otras personas ha estado presente durante siglos en las más diversas culturas. El simposio griego, el convivium romano, los banquetes y festines medievales y los salones parisinos son solo algunos ejemplos de cómo esta costumbre se construyó históricamente y ha sido relevante en negociaciones sociales y políticas, discusiones intelectuales y debates filosóficos.
La comensalidad suele funcionar como un ritual para estrechar lazos, negociar y celebrar acontecimientos importantes. En muchas culturas hispanohablantes, el tiempo que transcurre después de comer, en el que toda la familia permanece sentada conversando, está tan arraigado que existe una palabra específica para definirlo: sobremesa (que literalmente se traduce como "sobre la mesa", aunque en la práctica refiere a la conversación posterior a la comida). Sin embargo, a pesar de asociarse frecuentemente con el hecho de compartir alimentos, la mesa puede considerarse una plataforma flexible abierta a múltiples posibilidades de apropiación e interacción.


La sobreprovisión puede entenderse como una estrategia arquitectónica desde la perspectiva de la resiliencia, que consiste en hacer que los espacios sean adaptables a los cambios, las reinterpretaciones y las necesidades futuras. Sin embargo, ¿podría la sobreprovisión ofrecer también una perspectiva productiva para replantear el diseño espacial? ¿Existen paralelismos en la teoría o la práctica de la arquitectura que se alineen con este concepto, tal como lo han explorado figuras notables en el discurso sobre el espacio?
Esta cuestión adquiere una relevancia particular en el diseño residencial, especialmente en regiones como Hong Kong o Tokio, donde la exigencia de maximizar el espacio constituye una norma tanto cultural como práctica. Con frecuencia, a los/las diseñadores/as se les encomienda la tarea de "aprovechar cada centímetro" para almacenamiento o funcionalidad, lo que refleja una tendencia de los/las habitantes a acumular pertenencias de manera desproporcionada en relación con sus espacios habitables.

En la arquitectura de interiores contemporánea, las instalaciones de servicios —mecánicas, eléctricas, de climatización y plomería— casi siempre se tratan como elementos que deben ocultarse. Muros engrosados, extensos cielos rasos suspendidos y, en regiones donde prevalece la construcción maciza de ladrillo u hormigón, tabiques falsos se emplean habitualmente para ocultar estos sistemas. Este enfoque se ha normalizado tanto que a menudo constituye la premisa de partida de la planificación espacial, lo que limita de forma intrínseca la imaginación y reduce el abanico de posibilidades espaciales. La prioridad se desplaza hacia el ocultamiento, en lugar de explorar cómo estos sistemas podrían coexistir de manera visible dentro de un lenguaje de diseño.



Los seres humanos y las mascotas comparten desde hace mucho tiempo un vínculo profundo e inseparable; hoy en día, la forma en que convivimos con ellos/as cobra cada vez mayor relevancia. Más allá de ofrecer compañía, las mascotas suelen considerarse hoy compañeras de vida que brindan un sólido apoyo a la salud mental y al bienestar emocional. Sin embargo, no solo importa la conexión emocional: la manera en que diseñamos y curamos los espacios de cohabitación con ellos/as juega un papel fundamental en la configuración de relaciones espaciales significativas entre los seres humanos y sus compañeros/as animales.
Ya sea a través de mobiliario diseñado a medida o de soluciones integradas de manera más fluida, como nichos empotrados y cavidades en las paredes, se está prestando cada vez más atención a cómo podemos coexistir mejor con las mascotas en nuestros hogares. Este cambio refleja mucho más que una simple cuestión de afluencia económica o de tenencia de mascotas; señala una evolución más amplia del concepto de compañía, arraigada en el apoyo mutuo, la salud emocional y los entornos compartidos.


