
En la arquitectura de interiores contemporánea, las instalaciones de servicios —mecánicas, eléctricas, de climatización y plomería— casi siempre se tratan como elementos que deben ocultarse. Muros engrosados, extensos cielos rasos suspendidos y, en regiones donde prevalece la construcción maciza de ladrillo u hormigón, tabiques falsos se emplean habitualmente para ocultar estos sistemas. Este enfoque se ha normalizado tanto que a menudo constituye la premisa de partida de la planificación espacial, lo que limita de forma intrínseca la imaginación y reduce el abanico de posibilidades espaciales. La prioridad se desplaza hacia el ocultamiento, en lugar de explorar cómo estos sistemas podrían coexistir de manera visible dentro de un lenguaje de diseño.
No obstante, hasta hace no mucho tiempo, durante el período del alto modernismo en la década de 1970, las instalaciones de los edificios no se escondían, sino que se celebraban. Un claro ejemplo es el Centre Pompidou en París, donde Richard Rogers y Renzo Piano convirtieron los conductos de instalaciones en una declaración arquitectónica. Con una biblioteca, un museo y un centro de investigación, el edificio organizó su infraestructura expuesta mediante un ya famoso código de colores: verde para la plomería, azul para la climatización, amarillo para la electricidad y rojo para la circulación y seguridad. La decisión de exteriorizar estos sistemas no fue meramente estética; también liberó a los interiores de restricciones espaciales, maximizando la superficie útil y permitiendo una mayor flexibilidad.








































