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Arquitectos: Feliu Vega Kennedy Arquitectura
- Área: 399 m²
- Año: 2023

A menudo se debate sobre la sustentabilidad en la arquitectura como si fuera un estándar universal y, en principio, debería serlo. Los edificios se evalúan cada vez más en función de su rendimiento energético, el carbono embebido, los sistemas de certificación, la eficiencia de los materiales, la biodiversidad y el impacto durante todo su ciclo de vida. Sin embargo, las normativas que determinan lo que realmente debe hacerse siguen siendo de carácter sumamente local. Un proyecto diseñado en Londres, Nueva York o Copenhague puede estar determinado por códigos energéticos estrictos, evaluaciones ambientales, requisitos de divulgación, controles de planificación y metas de carbono cada vez más ambiciosas. En cambio, esa misma oficina al trabajar en otro lugar puede encontrarse con un panorama normativo muy diferente.
Esto plantea un interrogante complejo para la arquitectura internacional: cuando la ley no exige la sustentabilidad con el mismo rigor, ¿qué estándares deberían mantener los/las arquitectos/as?

ArchDaily se enorgullece en anunciar a las oficinas ganadoras de los Next Practices Awards 2026, un reconocimiento a 20 prácticas emergentes y de vanguardia que expanden las posibilidades de la arquitectura hoy en día.
En su sexta edición, Next Practices continúa mirando más allá de las definiciones convencionales de la profesión para identificar a las personas, ideas y metodologías que impulsan la disciplina. La edición de 2026 es la más sólida y con mayor representación global hasta la fecha, reuniendo diversos enfoques, escalas y contextos que amplían nuestra comprensión de cómo y por quién se ejerce la arquitectura contemporánea.
Desde climas extremos hasta comunidades rurales, urbes informales y territorios afectados por el desplazamiento y la vulnerabilidad ambiental, la selección de este año aborda una amplia gama de realidades. Nutriéndose de la ingeniería, la ecología, la fabricación digital, la investigación de materiales, el conocimiento vernáculo e indígena, el activismo y la investigación crítica, estas prácticas reflejan lo que está por venir: la capacidad de responder a condiciones específicas y moldear activamente el mundo que las rodea.



Fundado en Quito en 2017 por Martín Real y Florencia Sobrero, Taller General trabaja en proyectos de vivienda, rehabilitación, exhibiciones y proyectos comunitarios. Lo que une a estas iniciativas no es tanto una tipología de edificación, sino una forma de construir: arquitectos/as, constructores/as, artesanos/as, estudiantes, organizaciones y comunidades entran y salen del proceso, de manera que cada proyecto toma forma a partir de lo que ya está allí.
Este enfoque surgió de la experiencia directa en la obra. Antes de que Taller General se estableciera formalmente, Real y Sobrero se involucraron con Actuemos Ecuador, una de las iniciativas de la sociedad civil surgidas tras el terremoto que afectó a la costa de Ecuador en 2016. Trabajar bajo las condiciones reales de la obra vinculó las decisiones arquitectónicas con los materiales, los presupuestos, la mano de obra disponible y los saberes locales, estableciendo una relación con el proceso constructivo que sigue siendo fundamental en su práctica.

El desplazamiento suele entenderse a través del movimiento: el instante en que las personas se ven obligadas a trasladarse de un lugar a otro. Sin embargo, desde la perspectiva de la arquitectura, ese traslado es apenas el inicio de lo que viene después. Es posible que sea necesario reconstruir una vivienda, reubicar a una comunidad entera o restablecer la vida cotidiana en un lugar completamente nuevo. Lo que se pierde con el desplazamiento no siempre es algo que la arquitectura pueda restituir de forma sencilla.
Esta cuestión cobra especial relevancia en América Latina, donde el desplazamiento ha moldeado a las comunidades bajo diversas circunstancias y a diferentes escalas. Lo que ocurre después depende de los motivos del traslado forzoso, de la posibilidad de retornar y de lo que aún se conserva de los espacios habitados. Algunas comunidades logran reconstruir su entorno familiar, mientras que otras deben fundar su vida cotidiana en un sitio completamente nuevo. Estas variaciones determinan el rol que se le exige a la arquitectura.

El 24 de junio de 2026, un severo evento sísmico que consistió en dos grandes terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5 sacudió el centro-norte de Venezuela con apenas 39 segundos de diferencia. La destrucción generalizada se concentró a lo largo de la costa norte del país, afectando gravemente a la ciudad capital de Caracas y al vecino estado de La Guaira, donde la frágil infraestructura urbana y la vulnerabilidad de las viviendas provocaron el colapso o graves daños en miles de estructuras residenciales. Este desastre evoca eventos devastadores previos ocurridos durante otros grandes sismos, como el terremoto de Wenchuan de 2008 y los deslizamientos de tierra de 2011 en Sichuan, el terremoto de Ludian de 2014 en Yunnan y el sismo de 2017 en el centro de México. Cuando desastres naturales de gran magnitud afectan a comunidades enteras, los/las arquitectos/as tienen la oportunidad de colaborar proponiendo una arquitectura post-desastre con modelos estratégicos de recuperación. En lugar de depender de refugios de emergencia genéricos y estandarizados, un diseño arquitectónico consciente puede aportar infraestructura residencial de bajo costo y rápido despliegue que preserve la dignidad humana a través de espacios dignos y contextualizados culturalmente.

Los Andes a menudo se entienden como una cordillera continua, sin embargo, abarcan una amplia gama de climas y ecosistemas. En Ecuador, Perú, Bolivia, Colombia y Chile, los páramos, tierras altas áridas, valles templados y paisajes cubiertos de nieve pueden existir a distancias relativamente cortas unos de otros. A medida que cambia la elevación, también lo hacen la temperatura, la radiación solar, la humedad, el viento, la vegetación y la topografía, produciendo entornos que requieren diferentes formas de construcción.
A diferencia de muchas regiones montañosas donde el frío es la condición ambiental definitoria, los entornos de alta altitud en los Andes combinan varias condiciones climáticas a la vez. A medida que aumenta la elevación, la radiación solar se vuelve más intensa. Algunas regiones permanecen húmedas durante todo el año, mientras que otras experimentan temporadas secas prolongadas. En muchos lugares, el terreno empinado, la nieve y los patrones cambiantes del clima se convierten en factores adicionales que influyen en cómo se diseñan los edificios.


En América Latina, el suelo rara vez es una simple superficie sobre la cual construir. Puede ser la orilla de un río, una pendiente pronunciada, el suelo húmedo de un bosque, un paisaje inundable o un territorio bajo presión ecológica y, en muchos casos, alberga una historia de comunidades que ya sabían cómo responder a él, construyendo sobre pilotes, plataformas o sobre el agua, mucho antes de que la arquitectura contemporánea se planteara las mismas preguntas.
Estos proyectos continúan esa conversación. Se relacionan con condiciones dinámicas que fluyen, absorben, erosionan y crecen, en lugar de tratar al suelo como algo que se debe nivelar o controlar. La elevación permite que la arquitectura se adapte sin imponerse por completo: el agua puede pasar por debajo, la vegetación puede permanecer y las pendientes pueden conservar su estado original. En cada caso, la decisión de elevarse está vinculada a un factor específico: el agua, la humedad, la topografía, la vegetación o la restauración ecológica, sumado al conocimiento de cómo construir dentro del entorno y no en su contra.


La arquitectura suele entenderse como una cuestión de cerramiento. Los muros definen el espacio, separando el interior del exterior y estableciendo límites claros. Sin embargo, en muchos proyectos en América Latina, esta distinción se vuelve menos precisa. En lugar de funcionar como objetos cerrados, los edificios suelen permanecer abiertos, permitiendo que el aire, la luz y el movimiento los atraviesen.
Esta condición trasciende la mera forma. A lo largo de la región, la arquitectura ha respondido históricamente a climas caracterizados por el calor, la humedad, una fuerte exposición solar y lluvias estacionales, así como a culturas constructivas definidas por la adaptación, el trabajo colectivo y un vínculo directo con el entorno. En estos contextos, los interiores completamente sellados no siempre representan la respuesta más eficaz. El espacio suele organizarse a través de la sombra, la ventilación y zonas intermedias que regulan en lugar de aislar.
