En la historia arquitectónica del territorio mexicano, el entorno construido ha funcionado no solo como un escenario humano, sino como una infraestructura biológica diseñada para organizar la proximidad entre especies. La lógica espacial resultante no es una actuación en solitario, sino una coexistencia negociada entre cuerpos humanos y animales. Examinar este patrimonio hoy es desplazar el enfoque analítico de la autoría estilística hacia un fenómeno más fundamental: la persistencia de prácticas espaciales que emergieron para sustentar formas de vida compartidas.
Varias de las características arquitectónicas que hoy se interpretan como marcadores culturales o estéticos —umbrales sobredimensionados, patios expansivos y superficies duraderas— pueden entenderse, en cambio, como huellas materiales de un contrato inter-especies. Durante siglos, caballos, mulas y ganado no fueron elementos externos a la arquitectura, sino habitantes esenciales cuya presencia física moldeó la escala, la circulación y las elecciones de materiales. Sus cuerpos dejaron huellas tangibles en el espacio: desde la altura de los accesos, pensada para jinetes montados, hasta los sistemas de pavimentación diseñados para soportar cascos, fricción y desgaste biológico. Este contrato resulta especialmente visible en el nivel del suelo de la casa colonial.
El 23 de diciembre de 1972, Managua, la capital de Nicaragua, fue golpeada por un sismo de magnitud 6.3. En cuestión de minutos, su núcleo urbano, que durante décadas había funcionado como un centro político y económico compacto, colapsó abruptamente. En el proceso de reconstrucción que siguió, las autoridades buscaron no solo reconstruir, sino reorganizar. Su objetivo era descentralizar la ciudad y prevenir futuras paralizaciones dispersando funciones a través de múltiples zonas. Uno de los resultados arquitectónicos más significativos de este cambio fue la nueva Catedral Metropolitana. Su lenguaje moderno simbolizaba tanto la continuidad institucional como la transformación urbana. Al hacerlo, encarnó la transición de Managua de una cuadrícula urbana centralizada de estilo español a una metrópoli contemporánea y descentralizada.
El rol de la rehabilitación patrimonial en la escena arquitectónica contemporánea se nutre de numerosas investigaciones, creencias, memorias y esfuerzos que buscan dar forma a nuestro entorno construido. Al momento de encarar una transformación, renovación o conservación arquitectónica, varias estrategias y herramientas pueden desplegarse para fomentar la convivencia entre lo existente y lo contemporáneo. En conjunto con tres prácticas de arquitectura con sede en Madrid, SOLAR, Pachón-Paredes y BA-RRO, nos propusimos conversar e indagar en sus procesos creativos e ideales, entendiendo la complejidad y el valor de los edificios del pasado como depósitos de materiales, estructuras y técnicas de otros tiempos.
Los sitios patrimoniales constituyen complejos archivos espaciales en los que convergen la arquitectura, la historia y la memoria colectiva. Estos abarcan un amplio espectro de contextos —desde restos arqueológicos, paisajes urbanos antiguos e históricos, paisajes listados por la UNESCO, hasta estructuras cívicas modernas tempranas e infraestructuras industriales. Sin embargo, estos entornos enfrentan desafíos: el cambio climático, la transformación urbana, desastres, necesidades sociales cambiantes y la erosión gradual del tejido material. Los proyectos de revitalización y restauración responden a estas condiciones al posicionar la práctica arquitectónica y espacial como un mediador activo entre la preservación y las topologías contemporáneas.
Durante décadas, el patrimonio ha sido más fácil de reconocer desde la calle. Protegemos fachadas, horizontes y monumentos porque son visibles, estables y legibles como activos culturales. Sin embargo, la mayor parte de lo que recordamos sobre la vida es cómo comemos juntos, nos retiramos, discutimos, cuidamos y descansamos, lo cual sucede lejos de la vista. Ocurre dentro de las habitaciones. A medida que las plantas abiertas ceden silenciosamente ante umbrales, corredores y cerramientos, surge una pregunta más profunda: ¿qué pasaría si la memoria cultural sobrevive no en lo que la arquitectura muestra, sino en cómo se vive?
En las regiones costeras y selváticas de Costa Rica, la alta humedad y la intensa radiación solar dictan una estrategia arquitectónica centrada en la permeabilidad en lugar del encierro. A diferencia de las envolventes herméticas requeridas en climas fríos para retener el calor, la arquitectura costarricense utiliza la envolvente del edificio como un filtro climático para maximizar el intercambio de aire. El mecanismo principal para gestionar estos gradientes térmicos parece ser el alero sobredimensionado. Al extender el plano del techo significativamente más allá de la placa del piso, los arquitectos y arquitectas crean un amortiguador permanente de sombra profunda que reduce la ganancia solar y baja la temperatura ambiental antes de que el aire ingrese a la estructura. Esta estrategia, combinada con paredes permeables o inexistentes, permite un flujo de aire constante. Este es un requisito técnico crítico para el control de humedad y la prevención de la degradación de materiales a través del moho y la putrefacción.
A través de Sudamérica, el confort ambiental se entiende no como una condición interior, sino como una que se moldea a través del espacio. En regiones marcadas por el calor, la humedad, la intensa luz solar y la variación estacional, la arquitectura ha confiado durante mucho tiempo en decisiones espaciales para moderar el clima y apoyar la vida diaria. El confort surge de cómo se abren, sombrean, ventilan y habitan los interiores a lo largo del tiempo.
En lugar de aislar los espacios interiores de su entorno, muchos proyectos contemporáneos en la región cultivan el confort a través de la profundidad, la porosidad y las zonas intermedias. La luz se filtra en lugar de maximizarse, el aire se guía a través de aberturas y vacíos alineados, y los umbrales se convierten en espacios activos de uso en lugar de bordes residuales. Estas estrategias no buscan un control ambiental uniforme, sino que producen interiores que permanecen templados, adaptables y estrechamente sintonizados con las cambiantes condiciones climáticas. En este contexto, el confort ambiental se vuelve inseparable de la experiencia espacial.
Building Frame of the House. Imagen Cortesía de IGArchitects
Fundada en 2020 por Masato Igarashi, IGArchitects es una práctica arquitectónica con sede en Tokio y Saitama, Japón. El estudio, uno de los ganadores de los ArchDaily 2025 Next Practices Awards, explora una arquitectura perdurable a través de un tratamiento cuidadoso pero asertivo de la estructura, la escala y la materialidad. Antes de establecer su propia práctica, Igarashi trabajó en la empresa de gran escala Shimizu Sekkei, así como en Suppose Design Office, adquiriendo experiencia en proyectos que van desde grandes desarrollos hasta obras más pequeñas y conceptuales. Esta amplitud de experiencia continúa informando el enfoque actual de IGArchitects en la arquitectura residencial y comercial en Japón.
Cada vez se le pide a la arquitectura que haga menos, no más. En entornos marcados por el movimiento constante, el ruido y las expectativas, los espacios que permiten a las personas quedarse, hacer una pausa y estar presentes se han vuelto tan escasos como necesarios. Muchos lugares públicos y semipúblicos están diseñados para mantener a las personas en movimiento, consumiendo o reaccionando, lo que deja poco margen para la permanencia, la observación o el simple hecho de estar sin un motivo aparente.
Frente a este escenario, un número creciente de obras está desviando la atención de la activación para centrarla en la presencia. En lugar de exigir que las personas interactúen o participen, estos espacios crean condiciones que favorecen la permanencia. El confort, la continuidad y la apertura permiten a las personas quedarse sin presiones ni obligaciones, convirtiendo la presencia en una cualidad espacial más que en una actividad.
Nicolás Valencia conversa con la arquitecta chilena Macarena Cortés, autora de Turismo y Arquitectura Moderna en Chile, una mirada sobre la arquitectura que permitió hacer de Chile un país turístico desde mediados de los años treinta a través de la publicidad ferroviaria.
https://www.archdaily.cl/es/1037649/hoteles-balnearios-y-trenes-la-arquitectura-del-turismo-del-siglo-xx-con-macarena-cortesArchDaily Team
Los espacios de ocio son, por lo general, lugares donde se cruzan diferentes generaciones. Sin programas formales o roles asignados, permiten a las personas moverse, detenerse y permanecer juntas, cada una interactuando con el espacio a su manera. En un entorno construido cada vez más moldeado por la especialización y la separación, estos terrenos espaciales compartidos se han vuelto menos comunes, dando a la arquitectura orientada al ocio una relevancia renovada.
Las discusiones sobre el espacio público han señalado repetidamente el valor de la apertura y la flexibilidad en el apoyo a la vida colectiva. Reflexionando sobre cómo las personas leen, habitan y adaptan el espacio, el arquitecto Herman Hertzberger habla de la arquitectura no como un conjunto de instrucciones, sino como un marco de posibilidades—uno que invita a la interpretación en lugar de prescribir comportamientos. Como él mismo dice, "lo que deberíamos hacer en arquitectura es algo como competencia, posibilidad – algo que las personas puedan manejar libremente a su manera." En lugar de intentar crear interacción, la arquitectura forma las condiciones que hacen posible la convivencia.
Cómo el proyecto "Espacios de Paz" está transformando los espacios comunitarios en Venezuela Pinto Salinas -- Oficina Lúdica + PKMN. Imagen Cortesía de PICO Estudio
En América Latina, los encuentros no nacen necesariamente de grandes gestos arquitectónicos o de planes urbanos monumentales. Emergen del entre, del espacio intermedio: el patio, la galería, la acera, el corredor compartido. Estos espacios, muchas veces considerados residuales o informales por la disciplina tradicional, son precisamente aquellos donde lo cotidiano construye vínculos.
De esta cultura latinoamericana surge una lógica espacial en la que la vida cotidiana se organiza de manera relacional y extensiva. Prácticas como sentarse a la puerta de casa, ocupar la acera o jugar en la calle producen una ciudad vivida más allá de los límites formales del proyecto.
Bazaar en Hyderabad, India. Imagen de Kanishq Kancharla on Unsplash
La arquitectura se representa con mayor frecuencia como un objeto estable: un edificio capturado en un momento de claridad visual, aislado de los entornos circundantes. Los planos, secciones y fotografías prometen legibilidad al suspender el tiempo. Sin embargo, muchos de los entornos públicos más perdurables del mundo resisten este modo de representación por completo. No están diseñados para ser leídos instantáneamente, ni revelan su lógica a través de la forma únicamente. Su inteligencia espacial emerge gradualmente, a través de la repetición, la ocupación y la duración.
La feria pertenece firmemente a esta categoría. No puede ser entendida a través de un solo dibujo o una elevación terminada. Su organización no es fija, sino ensayada. Lo que la sostiene no es puramente la composición arquitectónica, sino el tiempo compartido, la memoria colectiva y los patrones de uso arraigados. La convivencia en la feria no surge de decisiones de diseño formales; se produce a través de encuentros repetidos, proximidades negociadas y familiaridad social acumulada a lo largo del tiempo.
Nicolás Valencia conversa con la arquitecta hondureña Ángela Stassano, autora del Museo de la Escultura de Copán y una de las principales arquitectas de Centroamérica. Grabado en la ciudad hondureña de San Pedro Sula, Stassano presenta sus publicaciones de arquitectura bioclimática, anécdotas en motoneta y la historia de Honduras.
https://www.archdaily.cl/es/1037648/angela-stassano-creci-en-una-casa-que-ya-tenia-respuestas-climaticas-sin-llamarse-arquitectura-bioclimaticaArchDaily Team
En los últimos años, la comida ha asumido un papel renovado dentro de la arquitectura, no solo como un programa o tipología, sino como una práctica espacial compartida. Más allá de los restaurantes o del diseño de comedores, los espacios de alimentación colectiva se entienden cada vez más como entornos donde coinciden la presencia, el ritual y el tiempo, permitiendo que las personas se reúnan, permanezcan y coexistan. En estos escenarios, el comer no ocurre simplemente dentro del espacio, sino que lo configura de manera activa, transformando temporalmente entornos comunes, prestados o improvisados en lugares de intercambio.
Este cambio es visible en una amplia gama de proyectos construidos, instalaciones y espacios comunitarios que utilizan las comidas compartidas como un medio para reunir a las personas. Iniciativas como Fondo Supper Club plantean el acto de cenar como una plataforma social, utilizando la comida para conectar a artistas, diseñadores/as y comunidades locales a través de la conversación y la colaboración. Asimismo, sit.feast, presentado durante la Semana del Diseño de Milán 2024, abordó la mesa como una instalación espacial donde sentarse y comer en conjunto se convirtió en el medio principal para producir espacio de forma colectiva.
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Ecophon Solo™ Square. Image Cortesía de Volcan
Más allá de su estética, materialidad o metodología de instalación, el papel de los cielorrasos en la arquitectura contemporánea ya no solo se remite a ocultar estructuras o instalaciones internas en los edificios. Aportando cualidades funcionales como absorción acústica, aislamiento térmico, eficiencia energética, protección contra el fuego, iluminación integrada o facilidad de mantenimiento, las diferentes disposiciones de cielorrasos son capaces de combinar flexibilidad y versatilidad acorde a las diferentes necesidades y usos de sus ocupantes. Interiores de oficinas, restaurantes, consultorios, locales comerciales y demás espacios ganan protagonismo a través de la aplicación de cielorrasos con intenciones y mensajes claros que contar.
Reflexionando sobre la ciudad moderna, Walter Benjamin describió al flâneur, una figura que camina sin un destino definido, atenta a los detalles, encuentros fortuitos y las narrativas que emergen del espacio urbano. Esta forma de estar en la ciudad, moldeada por la observación y la apertura a lo inesperado, ha estado en tensión durante mucho tiempo con los ideales racionalistas y funcionalistas que comenzaron a guiar la planificación urbana a lo largo del siglo XX. Las calles diseñadas principalmente para la eficiencia y el flujo rara vez dejan espacio para desvíos, pausas o la coexistencia de diferentes ritmos de vida.
Jane Jacobs también fue una de las voces que desafiaron esta lógica predominantemente racionalista, argumentando que las calles verdaderamente vibrantes son aquellas capaces de sostener la diversidad de la vida cotidiana, sus intercambios informales y las formas de cuidado y vigilancia natural que emergen de ellas. Lo que estos autores comparten es una percepción fundamental: las calles no son meras infraestructuras para la circulación, sino ecosistemas sociales, moldeados por las relaciones, usos y encuentros que tienen lugar en ellas.
La creación de un lugar no es una tarea difícil en principio; es suficiente que las personas se reúnan en un lugar determinado con un propósito o actividad, y se crea un espacio. Esto no desestima el hecho de que un elemento físico necesita acompañar esta reunión para que un espacio se vuelva acogedor, cómodo y atractivo. Esta idea del espacio que surge de la intención se puede ver sin duda en una de las funciones más antiguas, que son los mercados de alimentos o productos.
Para que un mercado se forme, el elemento arquitectónico puede ser tan simple como un techo ligero, que albergaría a los comerciantes y ofrecería un límite no verbal al lugar, o puede ser tan ingenioso como reutilizar adaptativamente un edificio o sitio existente para ajustarse a nuevas necesidades. Finalmente, puede ser una estructura temporal y ligera diseñada para ciertos eventos o necesidades y luego removida para ser utilizada en otro lugar, o para otros fines.
Ambos libros son un registro inédito de arquitecturas en tierra en el valle del Loncomilla, en Chile, destacando más de 40 obras que ponen en evidencia las posibilidades de esta manera de construir, como una alternativa real y sustentable.
https://www.archdaily.cl/es/1037646/arquitectura-en-tierra-en-chile-con-soledad-diaz-de-la-fuente-y-robert-newcombeArchDaily Team
Profundizar sobre los juegos de luces y sombras en la arquitectura parecería ser un tema recurrente en la agenda de muchos profesionales de la disciplina. Espacios de luminosidad y oscuridad se conciben con el fin de potenciar desde recorridos y direccionalidades en los espacios hasta destacar colores, texturas y formas de ciertos elementos arquitectónicos. Ahora bien, el impacto de la luz natural sobre las fachadas de los edificios revela la necesidad de desarrollar medidas que colaboren al ahorro energético, mejoren el confort térmico y visual de los espacios interiores, y también promuevan la reducción de las emisiones de carbono. Considerando a la luz como un material más en la arquitectura, ¿de qué manera su potencia podría contribuir en la experiencia arquitectónica?