
El 23 de diciembre de 1972, Managua, la capital de Nicaragua, fue sacudida por un terremoto de magnitud 6,3. En cuestión de minutos, su núcleo urbano, que durante décadas había funcionado como un compacto centro político y económico, colapsó abruptamente. En el proceso de reconstrucción subsiguiente, las autoridades no buscaron simplemente edificar de nuevo, sino reorganizar la ciudad. Su objetivo era descentralizar la urbe y prevenir futuras parálisis mediante la dispersión de funciones en múltiples zonas. Entre los resultados arquitectónicos más significativos de este cambio estuvo la nueva Catedral Metropolitana. Su lenguaje modernista simbolizaba tanto la continuidad institucional como la transformación urbana. Al hacerlo, encarnó la transición de Managua de una cuadrícula urbana centralizada de estilo español a una metrópoli contemporánea y descentralizada.





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