
En la década de 1970, Cuba enfrentó una grave escasez nacional de vivienda debido al crecimiento demográfico, la migración del campo a la ciudad y el deterioro del fondo habitacional existente. La respuesta del gobierno fue un sistema que retiraba a trabajadores y trabajadoras de sus empleos habituales para destinarlos a las obras de construcción. Este programa, conocido como las Microbrigadas, transformó distritos enteros de La Habana al combinar la autoconstrucción colectiva y el conocimiento técnico respaldado por el Estado, dejando una huella en la trama urbana de la capital que perdura hasta hoy.
Una Microbrigada era un edificio de apartamentos residenciales construido por personal de fábricas y oficinas, en lugar de obreros y obreras de la construcción profesionales. Los centros de trabajo enviaban al terreno una combinación de mecánicos y mecánicas especialistas, personal administrativo u obreros y obreras generales. Con el fin de garantizar la integridad estructural general, el Estado asignaba un pequeño equipo de profesionales de la arquitectura, la ingeniería estructural y la construcción civil para supervisar cada obra, capacitar al personal y asegurar la estabilidad. Así, el personal reasignado dedicaba su tiempo a edificar los bloques de apartamentos, mientras que sus colegas que permanecían en las oficinas y fábricas asumían sus funciones; un proceso conocido como "esfuerzo colectivo".





