
Las ciudades se diseñan cada vez más para mitigar riesgos y, al hacerlo, requieren recopilar datos sobre el clima, la infraestructura, la biodiversidad y la fragmentación social, de modo que el lenguaje de la resiliencia se convierta en un elemento permanente de la planificación. Sin embargo, las condiciones subyacentes que producen la polarización, el desinterés cívico y el colapso ecológico suelen quedar fuera de discusión. Las herramientas que dominan la práctica urbana suelen abordar un solo registro de la experiencia humana, mientras que las dimensiones emocionales e imaginativas de la transformación no suelen considerarse soluciones viables.
El filósofo Félix Guattari propuso que la transformación ecológica sostenida depende de prestar atención simultánea a tres ecologías distintas: la ecología mental, la ecología social y la ecología ambiental. Las políticas ambientales dominantes suelen concentrarse en una o dos de ellas, reduciendo una condición compleja a un problema delimitado con una respuesta clara. Los rituales antiguos nos recuerdan que la transformación depende de prácticas que involucren simultáneamente al cuerpo, la comunidad y el entorno.
























