Al examinar la evolución del habitar a lo largo de la historia, se revela que los conceptos de espacio, tiempo, identidad y hogar se extienden mucho más allá de la arquitectura misma. Desde principios del siglo XX hasta el presente, el desarrollo humano ha estado marcado por transformaciones económicas, sociales, culturales y tecnológicas que se aceleran de forma constante. Los avances en las tecnologías de la información y la comunicación han propiciado un mundo de conectividad constante, un fenómeno que, en ocasiones, puede desconectar a las personas de los espacios físicos que habitan. En medio de un flujo cada vez mayor de estímulos, interacciones y plataformas digitales, el habitar compartido a través de múltiples escalas y programas arquitectónicos se presenta tanto como un desafío como una oportunidad para reconectar a las personas con su entorno mediante estrategias de diseño que respalden la libertad de movimiento y la flexibilidad que exige la vida contemporánea.
A medida que el debate sobre nuestra manera de trabajar trasciende la preocupación inicial por la pandemia y supera el concepto de oficina híbrida, remota o tradicional, tanto empleadores/as como empleados/as continúan replanteándose las necesidades de bienestar mental en la era postpandemia. Aunque existen diversos entornos y exigencias laborales que deben abordarse de forma independiente (más allá del sector administrativo o del conocimiento), desde la perspectiva del diseño y de las políticas corporativas ha surgido en los últimos años un modelo incipiente y muy particular, visible hasta ahora en algunas oficinas japonesas a pequeña escala que, a pesar de su tamaño, desafían las convenciones establecidas.
Los niños y las niñas perciben el espacio de manera diferente a las personas adultas. Para ellos y ellas, el mundo aún no se ha racionalizado en función y circulación, sino que se experimenta a través de la emoción y la curiosidad. Mientras que las personas adultas suelen recorrer las habitaciones por hábito, la infancia las habita desde la inmediatez. Un haz de luz solar se convierte en un acontecimiento. La curva de un pasillo invita a deambular. El sonido de los pasos sobre la madera o la suavidad de una tela bajo la yema de los dedos no son un fondo, sino información. Aquello que las personas adultas pueden descartar como momentos periféricos media silenciosamente su sentido de seguridad, autonomía, pertenencia y posibilidad. La arquitectura es una oportunidad para que la pedagogía se materialice físicamente.
Pabellón de la Galería Serpentine. Imagen cortesía de Toyo Ito & Associates, Architects
Al examinar la obra del arquitecto tokiota Toyo Ito (n. 1941) —en particular su ya fundamental Mediateca de Sendai (1995-2001), la Galería Serpentine (Londres, 2002, junto con Cecil Balmond), el Edificio TOD's Omotesando (Tokio, 2004), la Biblioteca de la Universidad de Arte Tama (Tokio, 2007) y el Teatro Nacional de Taichung (2009-16)—, resultan evidentes de inmediato las innovaciones estructurales y las organizaciones espaciales no jerárquicas de estos edificios. Aunque todas estas estructuras parecen bastante diversas, existe un tema unificador: el compromiso constante del arquitecto por borrar los límites fijos entre el interior y el exterior, y flexibilizar las divisiones espaciales entre los distintos programas internos. Hay una continuidad en la forma en que se exploran estos edificios. Concebidos como sistemas en lugar de objetos, nunca terminan del todo; uno podría imaginar que sus configuraciones y patrones continúan evolucionando y expandiéndose de manera casi infinita.