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Arquitectos: S+S Architects
- Área: 831 m²
- Año: 2026
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Proveedores: Tostem


En muchas ciudades asiáticas, el clima estival se puede experimentar cada vez más a la distancia. En Hong Kong, es posible trasladarse desde una torre de departamentos a través de un centro comercial en podio, ingresar al sistema de tránsito rápido ferroviario (MTR), llegar debajo de otro complejo comercial y continuar por puentes peatonales cerrados o pasajes subterráneos, percibiendo muy poco de la atmósfera exterior. El calor, la humedad, la lluvia y las variaciones estacionales siguen presentes, pero se pueden esquivar en gran medida gracias a una red continua de interiores climatizados.
A lo largo de varias décadas, el aire acondicionado ha pasado de ser una tecnología para enfriar habitaciones individuales a convertirse en una infraestructura capaz de producir un entorno urbano alternativo. Esto resulta especialmente visible en zonas de Asia Oriental y el Sudeste Asiático, donde el desarrollo orientado al transporte combina frecuentemente estaciones de tren, centros comerciales, viviendas, oficinas y otros servicios cotidianos en complejos interconectados. El modelo "Ferrocarril más Propiedad" (Railway plus Property) ha ayudado a institucionalizar esta relación entre transporte y desarrollo, creando distritos donde el movimiento a través de la ciudad es a menudo inseparable del tránsito por interiores de gestión privada.

La gestión del agua, la calidad del aire y la mitigación del calor suelen planificarse mediante sistemas mucho más grandes que los espacios donde las personas realmente los experimentan. Las redes de drenaje se ubican bajo las calles, mientras que la contaminación del aire se mide a escala urbana global. Sin embargo, estas condiciones se sienten de forma mucho más directa en el cuerpo: al esperar un autobús bajo el sol, al caminar por una calle inundada, al cruzar una plaza desprotegida o al buscar un lugar para sentarse cuando el aire mismo se siente difícil de respirar.
El calor hace que este problema sea especialmente urgente. A medida que las ciudades se vuelven más cálidas, las calles, los parques, las zonas de tránsito y otros espacios públicos se convierten cada vez más en lugares donde el diseño puede reducir la exposición mediante la sombra, la vegetación, el flujo de aire y el agua. Para la arquitectura, esto traslada parte de la adaptación climática a los espacios que las personas utilizan a diario.


Durante la mayor parte del siglo XX, la arquitectura aprendió a interpretar las ciudades a través de las carreteras. Las jerarquías viales definen los planes urbanos, las intersecciones organizan el movimiento y los edificios se comprenden por las fachadas que presentan hacia las aceras. Las carreteras parecen tan fundamentales para la vida urbana que a menudo se confunden con una condición universal. Sin embargo, en gran parte del Sudeste Asiático, las ciudades se desarrollaron según una lógica espacial completamente distinta. Mucho antes de que los automóviles reordenaran los paisajes urbanos, los ríos funcionaban como calles, mercados, espacios cívicos e infraestructura pública. El desplazamiento se realizaba principalmente en bote, el comercio se desarrollaba a lo largo de las riberas y la arquitectura miraba hacia el agua en lugar de hacia el asfalto. Interpretar estas ciudades a través de sus vías fluviales transforma la manera de entender la arquitectura misma. En este caso, la infraestructura no es la carretera, sino el río.

"Para 2050, casi todos los niños y niñas del mundo —cerca de 2.200 millones— estarán expuestos a olas de calor frecuentes". La advertencia de UNICEF suele leerse como un pronóstico de salud pública, pero también representa un desafío para la arquitectura y la forma en que se construyen las ciudades. A medida que el calor extremo se intensifica en Asia, Europa y más allá, el confort térmico no debería reducirse a un simple servicio interior provisto por máquinas. El aire acondicionado se ha convertido en un sistema de soporte vital para muchas ciudades, especialmente en regiones densas, húmedas y en rápido proceso de urbanización. No obstante, depender de él como respuesta predeterminada equivale a tratar el calor como algo que simplemente se puede trasladar a otra parte (generando calor adicional en el proceso): expulsado de los interiores hacia las calles, los callejones de servicio, las redes de energía y la atmósfera. Su expansión incrementa la demanda energética, produce calor residual y refuerza la desigualdad en el acceso al confort.
El calor, sin embargo, no se limita al cuerpo humano. Reorganiza el ecosistema urbano en su totalidad: los árboles luchan contra el suelo compactado y los pavimentos radiantes; las aves y los insectos pierden su hábitat cuando la vegetación se reduce a un elemento decorativo; los sistemas acuáticos se calientan, la vida microbiana se altera y los materiales absorben y liberan calor mucho después del atardecer. El calor no es meramente un problema climático del que se deba huir hacia los interiores. Es un agente urbano que redefine el espacio público, el trabajo, la movilidad, la vegetación, la elección de materiales y las frágiles relaciones entre la vida humana y la no humana.


