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Arquitectos: DARE – Design Arena + Research
- Área: 145 m²
- Año: 2024
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Proveedores: Serge Ferrari, COTTO, FAMELINE, K.S. Wood, Kohler, +6


Durante la mayor parte del siglo XX, la arquitectura aprendió a interpretar las ciudades a través de las carreteras. Las jerarquías viales definen los planes urbanos, las intersecciones organizan el movimiento y los edificios se comprenden por las fachadas que presentan hacia las aceras. Las carreteras parecen tan fundamentales para la vida urbana que a menudo se confunden con una condición universal. Sin embargo, en gran parte del Sudeste Asiático, las ciudades se desarrollaron según una lógica espacial completamente distinta. Mucho antes de que los automóviles reordenaran los paisajes urbanos, los ríos funcionaban como calles, mercados, espacios cívicos e infraestructura pública. El desplazamiento se realizaba principalmente en bote, el comercio se desarrollaba a lo largo de las riberas y la arquitectura miraba hacia el agua en lugar de hacia el asfalto. Interpretar estas ciudades a través de sus vías fluviales transforma la manera de entender la arquitectura misma. En este caso, la infraestructura no es la carretera, sino el río.

"Para 2050, casi todos los niños y niñas del mundo —cerca de 2.200 millones— estarán expuestos a olas de calor frecuentes". La advertencia de UNICEF suele leerse como un pronóstico de salud pública, pero también representa un desafío para la arquitectura y la forma en que se construyen las ciudades. A medida que el calor extremo se intensifica en Asia, Europa y más allá, el confort térmico no debería reducirse a un simple servicio interior provisto por máquinas. El aire acondicionado se ha convertido en un sistema de soporte vital para muchas ciudades, especialmente en regiones densas, húmedas y en rápido proceso de urbanización. No obstante, depender de él como respuesta predeterminada equivale a tratar el calor como algo que simplemente se puede trasladar a otra parte (generando calor adicional en el proceso): expulsado de los interiores hacia las calles, los callejones de servicio, las redes de energía y la atmósfera. Su expansión incrementa la demanda energética, produce calor residual y refuerza la desigualdad en el acceso al confort.
El calor, sin embargo, no se limita al cuerpo humano. Reorganiza el ecosistema urbano en su totalidad: los árboles luchan contra el suelo compactado y los pavimentos radiantes; las aves y los insectos pierden su hábitat cuando la vegetación se reduce a un elemento decorativo; los sistemas acuáticos se calientan, la vida microbiana se altera y los materiales absorben y liberan calor mucho después del atardecer. El calor no es meramente un problema climático del que se deba huir hacia los interiores. Es un agente urbano que redefine el espacio público, el trabajo, la movilidad, la vegetación, la elección de materiales y las frágiles relaciones entre la vida humana y la no humana.





