
Históricamente, la manera en que diseñamos ha estado estrechamente vinculada a la forma en que construimos. La arquitectura avanzaba mediante pruebas físicas, procesos de ensayo y error, dibujos de proyección, maquetas a escala real y modelos físicos; si bien cada recurso introducía una nueva capa de abstracción, todos permanecían vinculados al material, la escala y la construcción. La llegada del CAD modificó significativamente esta dinámica. En un principio, se entendió en gran medida como la digitalización de una geometría precisa para la construcción. Sin embargo, con el tiempo, las herramientas digitales se incorporaron en etapas cada vez más tempranas del proceso de diseño, desplazando al boceto, el ensayo y error físico, la elaboración de maquetas y otras formas de pensamiento que solían mantener la escala y la materia al alcance de la mano.
Por lo tanto, el linaje del diseño arquitectónico puede entenderse, en parte, como una evolución de las abstracciones. Algunas de ellas han sido extraordinariamente productivas. Las plantas y secciones, por ejemplo, aíslan dimensiones particulares de la arquitectura sin dejar de permitir que la mente reconstruya la totalidad. Aplanan, cortan y reducen, pero no abandonan el edificio. Mediante la combinación de dibujos, es posible comprender las habitaciones, las circulaciones, la estructura, las aberturas y las relaciones espaciales sin perderse en la complejidad del proyecto. Su abstracción es disciplinada porque permanece ligada a una realidad arquitectónica que, eventualmente, deberá ser medida, construida y habitada.





























