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Arquitectos: Architekt Andreas Gruber
- Área: 180 m²
- Año: 2022


Durante la mayor parte del siglo XX, la arquitectura aprendió a interpretar las ciudades a través de las carreteras. Las jerarquías viales definen los planes urbanos, las intersecciones organizan el movimiento y los edificios se comprenden por las fachadas que presentan hacia las aceras. Las carreteras parecen tan fundamentales para la vida urbana que a menudo se confunden con una condición universal. Sin embargo, en gran parte del Sudeste Asiático, las ciudades se desarrollaron según una lógica espacial completamente distinta. Mucho antes de que los automóviles reordenaran los paisajes urbanos, los ríos funcionaban como calles, mercados, espacios cívicos e infraestructura pública. El desplazamiento se realizaba principalmente en bote, el comercio se desarrollaba a lo largo de las riberas y la arquitectura miraba hacia el agua en lugar de hacia el asfalto. Interpretar estas ciudades a través de sus vías fluviales transforma la manera de entender la arquitectura misma. En este caso, la infraestructura no es la carretera, sino el río.

Existe una gran diferencia entre mirar la imagen de un edificio y experimentar el espacio que representa. La atmósfera de un lugar, moldeada por su luz, sonidos, materialidad y relación con el paisaje circundante, ha pertenecido durante mucho tiempo al ámbito de la experiencia física. Hoy en día, las tecnologías de renderizado en tiempo real están comenzando a reducir esa brecha, permitiendo explorar y experimentar los proyectos antes de que sean construidos.
Mucho antes de que un edificio se construya, este existe como dibujos, maquetas físicas, perspectivas, fotografías y, más recientemente, renders fotorrealistas. Cada nueva herramienta de representación en la historia ha buscado comunicar no solo la apariencia de un proyecto, sino también la experiencia de habitarlo.
Al albergar Barcelona el Congreso Mundial de Arquitectos de la UIA por segunda vez en su historia —treinta años después de la edición de 1996—, la ciudad se convierte en un espacio para reflexionar no solo sobre la arquitectura, sino también sobre las cambiantes condiciones en las que opera. Bajo el título Becoming. Architectures for a Planet in Transition, y desarrollado por el equipo de curaduría de seis integrantes —conformado por Pau Bajet, Maria Giramé, Mariona Benedito, Tomeu Ramis, Pau Sarquella y Carmen Torres—, el Congreso de 2026 expande la discusión más allá de la ciudad hacia interrogantes planetarias, abordando la arquitectura a través de sistemas ecológicos, sociales, políticos y materiales, en lugar de como una disciplina aislada. Durante la jornada inaugural del Congreso, ArchDaily conversó con Mariona Benedito y Carmen Torres, integrantes del equipo de curaduría, sobre cómo esta edición revisita el legado arquitectónico de Barcelona, por qué la incertidumbre se ha vuelto un tema central en el pensamiento arquitectónico y qué esperan que quienes asistan se lleven del evento.


En junio de 2026, el renovado Teatro Mauri reabrió sus puertas en el cerro Bellavista, en Valparaíso, históricamente el principal puerto de Chile. El edificio forma parte del legado modernista de América Latina y se ubica junto a La Sebastiana, una de las célebres residencias del poeta Pablo Neruda. Fue diseñado por el arquitecto Alfredo Vargas Stoller, autor de otros íconos de la arquitectura moderna en Valparaíso, como el Edificio Cooperativa Vitalicia y el Conjunto de Viviendas Vargas en Viña del Mar. El Teatro Mauri se inauguró en 1951 como sala de espectáculos y cine. Tras un incendio a principios de la década de 1990, cayó en desuso y sirvió solo de manera esporádica como espacio para fiestas y eventos locales. En 2015, fue adquirido por la Sociedad Chilena de Autores e Intérpretes (SCD), organización que encargó su restauración a la arquitecta Laura Garrido y al arquitecto Gregorio Garretón.

Se equivoca quien imagine encontrar en las siguientes líneas un discurso sobre materialidad, técnicas constructivas sostenibles, formas de tallar la madera o de trenzar la paja. Este artículo se propone justamente desplazar la mirada más allá de los aspectos que, con frecuencia, definen el debate sobre la cultura de los pueblos originarios cuando se trata de "arquitectura".
En un universo en el cual el propio término "arquitectura" es ajeno, abordar sus construcciones —si es que esta palabra alcanza para nombrarlas— desde un enfoque exclusivamente material o tecnológico no deja de ser un intento de encuadrar sus formas de producir espacio en categorías occidentales. Se reduce, de este modo, una cosmología compleja a un conjunto de atributos mensurables, como si fuera posible transformarla en un checklist aplicable a cualquier arquitectura, borrando justamente aquello que la distingue: las relaciones entre territorio, cuerpo y memoria.






El bambú suele ser elogiado antes de ser comprendido. Crece rápidamente, posee una larga historia de culturas constructivas y parece ofrecer a la arquitectura un lenguaje ecológico inmediato. En las fotografías, puede parecer casi evidente por sí mismo: ligero, natural, renovable y ya alineado con un futuro más sostenible. Sin embargo, esta aparente claridad es también lo que dificulta hablar de él con precisión. Una vez que se convierte en un símbolo de responsabilidad ambiental, el material mismo puede llegar a desaparecer detrás de la imagen que proyecta.
Este es el riesgo del resurgimiento contemporáneo del bambú. Se le puede imaginar con demasiada facilidad como un sustituto verde de los materiales industriales, como una atmósfera regional o como una alternativa más blanda frente a los lenguajes más duros del acero y el concreto. En cada caso, el bambú se admira antes de comprender sus condiciones de base. La pregunta verdaderamente importante no es si el bambú es sostenible en un sentido general, sino qué tipo de cultura arquitectónica exige: qué formas de conocimiento, mantenimiento, regulación, mano de obra y tiempo son necesarias para que su sostenibilidad se vuelva real.
