
São Paulo, al igual que tantas ciudades brasileñas, posee una arquitectura estandarizada, monótona y gris, con una estética definida por desarrolladoras y constructoras, y de un bajísimo valor arquitectônico.
Desde luego que existen edificios de gran relevancia; entre ellos, los clásicos del centro histórico, como el edificio Martinelli, los ejemplares modernos de Rino Levi y Artacho Jurado en Higienópolis, y los experimentos contemporáneos en Vila Madalena, diseñados por Isay Weinfeld y Triptyque. Lamentablemente, se trata de pocos ejemplos, que se reducen casi a cero a medida que avanzamos hacia la periferia.
Me obsesiona la idea de que podemos cambiar esta realidad hackeando edificios existentes, estimulando una nueva identidad urbana, elevando la autoestima, mejorando la calidad de vida y promoviendo la innovación y la sostenibilidad a costos viables.














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