
Hoy en día conocemos a R. Buckminster Fuller principalmente a través de su obra de objetos e ideas icónicos creados a lo largo de una trayectoria de casi 90 años. Nacido en la última década del siglo XIX, Fuller vivió lo suficiente como para relacionarse con Steve Jobs. Se lo describe de diversas formas como un "pensador sistémico", quizás el primer "futurista", un visionario, ingeniero, geómetra y arquitecto (ganó la Medalla de Oro del AIA en 1970). No obstante, "inventor" es probablemente la descripción más precisa. La biografía de 2022 del historiador y escritor Alec Nevala-Lee, acertadamente titulada Inventor of the Future: The Visionary Life of Buckminster Fuller (Dey St. Books), narra una historia matizada del hombre conocido por las cúpulas geodésicas, las mallas espaciales, la "Nave Espacial Tierra", el mapa, la casa y el auto Dymaxion, y conceptos como la tensegridad, la sinergia y la "efimerización" ("hacer todo con absolutamente nada", como él mismo lo describía).
Con todo, la invención más significativa y compleja de Fuller fue el propio Bucky, un proyecto que Nevala-Lee aborda —a menudo de manera poco favorecedora— a lo largo de la extensa vida de Fuller. Bucky era inspirador (los hippies siguieron su ejemplo para crear Drop City), inescrutable (una de las personas a cargo de la edición de uno de sus muchos libros se quejó de que no estaba escrito en inglés), prodigioso (sus conferencias duraban tres horas o más; yo mismo presencié una) y prolífico (tenía casi 30 patentes y produjo una cantidad similar de libros). Sin embargo, el Fuller que emerge del relato de Nevala-Lee es también un obsesivo del control, propenso a la exageración, que detesta compartir el crédito, explota a estudiantes como mano de obra gratuita y a menudo es mezquino, vengativo y cruel.
































