
En el siglo XIX, redes ferroviarias enteras quedaron obsoletas prácticamente de la noche a la mañana, no debido a un deterioro físico, sino a cambios en los estándares técnicos que las sustentaban. La expansión del ferrocarril en Europa y América del Norte adoptó diferentes anchos de vía o trochas (la distancia transversal entre rieles) y, a medida que se consolidaba un estándar dominante, estas infraestructuras se volvieron incompatibles entre sí. Esto exigió adaptaciones a gran escala, conversiones o incluso reconstrucciones completas, en lo que se conoció como la "guerra de las trochas".
A raíz de la adopción masiva de las redes de telecomunicaciones en el siglo XX, ciudades de todo el mundo construyeron grandes centrales telefónicas equipadas con sistemas electromecánicos encargados de enrutar las llamadas entre regiones. Estas estructuras constituían piezas de infraestructura sumamente especializadas que, a menudo, ocupaban manzanas enteras y se organizaban en torno a maquinaria técnica de gran envergadura. Sin embargo, ante la transición hacia tecnologías de conmutación digital y, posteriormente, la generalización de la telefonía móvil, gran parte de este equipamiento quedó obsoleta en pocas décadas. Los propios edificios solían conservar su solidez estructural, pero los sistemas para los que habían sido diseñados ya habían evolucionado y los habían dejado atrás.

















