
La conocida frase “el ser humano es lo que come” (Der Mensch ist, was er isst), de Ludwig Feuerbach, afirma que la constitución física, mental e incluso moral de las personas está directamente vinculada a lo que consumen. Hoy en día, esta idea está ampliamente interiorizada y existe una conciencia creciente en torno a la alimentación, la nutrición y el impacto de lo que ingerimos en nuestro organismo. Sin embargo, este mismo nivel de conciencia no se extiende a los entornos que habitamos, donde los materiales se siguen abordando como decisiones técnicas en lugar de agentes activos en la relación entre el cuerpo y el espacio. Si se considera que una gran parte de la población mundial pasa alrededor del 90% de su tiempo en espacios interiores, rara vez se debate qué compone realmente estos lugares en su nivel más fundamental: los materiales. Los muros, pisos y acabados se suelen considerar elecciones técnicas o estéticas, cuando en realidad pueden funcionar como fuentes continuas de exposición a sustancias potencialmente nocivas.


















