Cuando hablamos de ciudad o de sus variantes menores, -aldea, pueblo, comunidad- estamos acostumbrados a evocar escenarios estereotipados que corresponden a calles, coches, edificios y, muchas veces, acabamos olvidando que siempre podemos sorprendernos con otras formas dotadas de originalidad.
Se especula mucho sobre el momento exacto en que se inventaron las ciudades, siendo obras abiertas, inacabadas y objeto de los más variados estudios desde entonces. Hay quienes suponen que su naturaleza vino dada por la necesidad de protección, que hizo que el hombre abandonara la vida nómada y se agrupara en un determinado territorio para aumentar sus posibilidades de supervivencia.
El año 2020 trajo consigo un torbellino de desafíos que pusieron bajo control muchos aspectos de la vida cotidiana. Marcados por la pandemia, todos necesitamos, de alguna manera, reinventarnos para resistir este momento único. Con la ciudad, no fue diferente. Covid-19, así como otras enfermedades infecciosas (como la peste negra y la gripe española, entre otras) abrieron la relación entre su proliferación y urbanización. Un análisis fácil de realizar cuando los datos muestran que la propagación del virus ha sido mucho mayor en los grandes centros urbanos.
En este sentido, la crisis de salud ha suscitado discusiones sobre el modelo de urbanización al que están sometidas nuestras ciudades, un modelo de aglomeraciones dispersas que prioriza la movilidad a través de los vehículos de motor. Wilson Ribeiro dos Santos, profesor de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la PUC-Campinas –en un artículo elaborado en alianza con Sidney Piocchi Bernardini y Gabriela Celani– afirma que este modelo de urbanización en el que el comercio y los servicios se concentran en el centro de la ciudad, mientras que en la periferia se ubican áreas estrictamente residenciales y condominios cerrados, es por eso que se terminó acelerando la propagación del virus, ya que personas de todos los puntos de la ciudad necesitan viajar diariamente al mismo lugar, donde trabajan, estudian, van al médico, etc.
Diseñar en una época marcada por cambios rápidos y constantes significa ser consciente de la aparición de nuevas demandas y, más que eso, significa diseñar espacios que engloben tal mutabilidad.
El mobiliario flexible, ya sea por su capacidad de movimiento, por su facilidad de transformación o porque asume diferentes funciones en una misma forma, es un reflejo de este comportamiento contemporáneo. Se trata de piezas que permiten diferentes opciones de organización espacial, remodelando sus configuraciones de acuerdo a requerimientos específicos y necesidades cambiantes, sirviendo también para optimizar los espacios internos.
Fernando Cuenca Goitia en su libro “Breve Historia del Urbanismo” afirma que la ciudad de la época medieval surge a principios del siglo XI y se desarrolla solo entre los siglos XII y XIII. Según el autor, este crecimiento estuvo debidamente ligado al desarrollo del comercio que permitió ocupaciones fijas, haciendo que la ciudad dejara de estar compuesta mayoritariamente por viajeros. En otras palabras, se formó una sociedad burguesa, desarrollada a partir de las más diversas actividades -como artesanos, comercializadores, herreros, armadores- que sirvieron de estímulo a la ciudad medieval.
En tiempos regidos por el aislamiento, se ha discutido mucho sobre la importancia de la vegetación en los espacios interiores como forma de nutrir la relación fundamental con la naturaleza. Presentes tanto en hogares como en espacios comerciales, estos remanentes verdes promueven el bienestar y confort emocional de los habitantes.
Además de la relación psicológica, un jardín interno bien diseñado y posicionado puede ayudar con la purificación del aire y el confort térmico del medio ambiente. Para eso es necesario tener en cuenta algunos factores como la orientación solar, la ventilación y, por supuesto, la adecuada elección de las especies que mejor se adaptan al clima donde se insertarán.
Juliana Coelho es arquitecta y urbanista con experiencia en el sector del desarrollo humanitario, público y privado. Durante los últimos tres años, ha estado trabajando en el sector con ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados. Durante este período, participó en la planificación, diseño e implementación de 21 albergues temporales, centros de tránsito y centros de recepción / documentación para refugiados y migrantes en Brasil, además de participar en la elaboración de un plan de contingencia y proyectos para mejorar ocupaciones espontáneas y espacios brindados brindando apoyo técnico a la Operación Acolhida, la respuesta del gobierno brasileño al flujo de refugiados y migrantes venezolanos a Brasil, que, en este año 2020, también incluyó acciones para responder al brote de COVID-19.