
En la clásica película de Jacques Tati, Mon Oncle (1958), la casa, como materialización escenográfica de la “máquina para habitar”, es la protagonista. Sus aparatos tecnológicos, por momentos indomables, son los que dictan las reglas. La dueña de casa, Madame Arpel, es una tecnocentrista típica, maravillada con toda la tecnología que la rodea y convencida de que es la solución para todos sus problemas cotidianos. En el extremo opuesto se encuentra su hermano, Mr. Hulot, quien llega de visita y choca con tanta innovación. A lo largo de su estadía, descubrimos una vivienda que se revela sumamente compleja y que, al mismo tiempo, no permite el control de quien la habita.









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