
Han transcurrido ya veintiún años del siglo XXI. Si bien el mundo nunca ha estado tan conectado gracias al surgimiento de nuevas tecnologías, las desigualdades históricas siguen estando muy vigentes. Estas inequidades se manifiestan de diversas maneras. Los viajes globales, por ejemplo —a pesar de la ubicuidad de los aviones en la actualidad—, siguen siendo accesibles a gran escala únicamente para la ciudadanía de los países “desarrollados” debido a prohibitivas restricciones de visado. En la enseñanza de la arquitectura, muchas instituciones siguen priorizando un plan de estudios eurocéntrico, ignorando en gran medida la arquitectura de las poblaciones no occidentales. Otra perpetuación de los sistemas de prejuicios es el orientalismo, y explorar este concepto a través de una lente arquitectónica resulta muy útil para cuestionar los enfoques de diseño contemporáneos y futuros.
El término orientalismo nació de la obra homónima de 1978 del crítico cultural Edward Said, en la que argumentaba que la ideología política europea dominante construyó la noción de Oriente con el fin de subyugarlo. Said explicaba que el concepto encarnaba una distinción entre el “Oriente” (este) y el “Occidente” (oeste), de modo que Occidente pudiera controlar y validar las visiones sobre Oriente. En pocas palabras, se trata de una perspectiva binaria, un sistema de representación mediante el cual las culturas de Oriente son retratadas como primitivas e incivilizadas, en contraste con las culturas occidentales, consideradas “progresistas” y “civilizadas”. Esto, en efecto, justificó los proyectos imperiales europeos y estadounidenses: desde la expropiación de recursos en el norte de África, el Medio Oriente y Asia, hasta el despojo explotador del patrimonio cultural.









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