
Si bien la vida humana depende en gran medida de las plantas por las medicinas, los materiales de construcción y el combustible que proporcionan, estas también desempeñan un papel fundamental en múltiples procesos ecológicos. Desde la regulación climática mediante la absorción de dióxido de carbono hasta la fertilidad del suelo y la purificación del aire y del agua, la diversidad vegetal ofrece oportunidades para abordar algunos de los desafíos más urgentes de este siglo, como la seguridad alimentaria, la disponibilidad de energía, el cambio climático y la degradación del hábitat. En este escenario, los jardines botánicos actúan como refugios vivos que fomentan la innovación, la adaptación y la resiliencia humana. Pero ¿qué puede aprender la práctica arquitectónica de la botánica y de sus métodos?
En Botánica arquitectónica: una conversación con William Balée sobre bosques construidos, Paulo Tavares reflexiona sobre lo que sucede cuando un paisaje natural o silvestre es reconocido como un artefacto construido cultural y socialmente. Durante la década de 1980, mientras trabajaba con las comunidades ka'apor, Balée llevó a cabo una serie de inventarios botánicos para comprender cómo el conocimiento botánico de esta comunidad emplea formas sofisticadas de interpretación del paisaje para clasificar la selva con un nivel de complejidad mayor que el de la ciencia botánica occidental. Al documentar cientos de formaciones forestales a través de la fotografía y recolectar numerosos especímenes botánicos, William Balée reunió un archivo para su investigación científica, sosteniendo que vastas áreas de la Amazonía no son naturales, sino más bien "culturales". No fue el único académico en plantear este argumento. El trabajo de Michael Heckenberger y Eduardo Góes Neves también desafió las representaciones occidentales de la Amazonía como una selva virgen e intacta.


















