El sector de la edificación y la construcción representa alrededor del 39% de las emisiones globales de CO₂ y casi el 50% de la extracción mundial de materiales. Las emisiones de carbono operacional —asociadas a la energía consumida para el funcionamiento de los edificios— también aumentaron un 1% hasta alcanzar los 9,900 millones de toneladas de CO₂ en 2024, aun cuando la intensidad del uso de energía (EUI) en las edificaciones ha mejorado. Estas cifras evidencian brechas persistentes en la manera en que se diseñan, construyen y rehabilitan los edificios. Un área clave para cerrar estas brechas es el aislamiento de la envolvente del edificio, el cual sigue siendo fundamental para controlar la demanda de energía, mejorar la resiliencia térmica y reducir las emisiones de carbono.
Centro de Salud y Bienestar Beijing Taikang Yanyuan. Imagen cortesía de Serge Ferrari
En el cuento de Los Tres Cerditos, la elección del material determina el destino de cada casa. El soplido del lobo derriba las estructuras de paja y madera, mientras que la casa de ladrillo permanece en pie. La moraleja es que cuanto más sólida es la construcción, mayor es su capacidad de resistencia. Sin embargo, un edificio debe responder a cuestiones mucho menos sencillas. Mantenerse en pie sigue siendo esencial, pero el calor, la luz, el aire y el sonido no son fuerzas que deban bloquearse de manera obligatoria. A veces es necesario bloquear la radiación solar directa; otras, se debe permitir el ingreso de la luz natural. Retener el calor puede ser deseable en invierno y contraproducente en verano. El aire debe circular, el sonido puede necesitar ser absorbido, y las condiciones que determinan estas respuestas cambian a lo largo del día, las estaciones y la vida útil de la propia edificación. Mayor cantidad de material no significa necesariamente un mejor rendimiento. En algunos casos, simplemente puede añadir complejidad sin mejorar la respuesta del edificio.
"Analicemos fríamente los hechos". Con esta frase directa y poco tranquilizadora, el director de la Oficina de Movilización Civil y de Defensa abría The Family Fallout Shelter, un manual de 32 páginas publicado por el gobierno de los Estados Unidos en 1959, en plena tensión de la Guerra Fría. El documento enseñaba a las familias a construir refugios capaces de protegerlas de la lluvia radiactiva tras un eventual ataque nuclear y, mediante dibujos técnicos y croquis, esbozaba soluciones con bloques de concreto, muros rellenos de tierra o arena, estructuras subterráneas y sistemas de ventilación. Era un manual de supervivencia que, en muchos aspectos, funcionaba también como un manual de construcción.
En un contexto de cambio climático, inflación y conflictos armados, el sistema energético global experimenta transformaciones y se encuentra bajo escrutinio. Como señala la Organización de las Naciones Unidas, los edificios deben recibir calefacción, iluminación y electricidad a través de fuentes de energía limpias, accesibles, asequibles, sostenibles y confiables. La arquitectura y el urbanismo pueden contribuir tanto a ampliar el acceso a la energía como a explorar diferentes formas de almacenamiento. La startup Civic Grid, con sede en Toronto, diseña y construye sistemas de almacenamiento de energía con el objetivo de cambiar la relación que las comunidades tienen con la energía eléctrica que sustenta la vida cotidiana. Su primera batería arquitectónica fue diseñada como arquitectura pública por el equipo de arquitectura de Jack Self y Josh Harskamp, en colaboración con Max Fine en el diseño industrial. El prototipo es la evolución de un sistema de energía desplegable desarrollado junto con la Defensa Civil de Lisboa para la Trienal de Arquitectura de Lisboa 2025, el cual sigue en funcionamiento y se acompaña de un modelo a escala.
Debajo de las superficies, detrás de las estructuras o bien entre las instalaciones, numerosos sistemas de fijaciones y elementos adhesivos conforman las conexiones necesarias en fachadas, terminaciones y cerramientos de nuestros edificios. A medida que el paso del tiempo da cuenta de la antigüedad de las construcciones y las tendencias se modifican a ritmos acelerados, la actualización de los edificios demanda atender a su deterioro, mantenimiento y mejora de rendimiento. Independientemente de sus metodologías de instalación, tecnologías o herramientas, los sistemas de fachadas ventiladas continúan transformando en la actualidad la manera de abordar el diseño y la estética de los edificios.
PLEA 2026 (Passive and Low Energy Architecture) es una de las conferencias internacionales más importantes del mundo en arquitectura sostenible, diseño bioclimático, ciencia de la edificación, eficiencia energética y resiliencia urbana. La edición 2026 se realizará del 27 al 31 de julio de 2026 en San José, Costa Rica, siendo la primera vez que este prestigioso encuentro se celebra en Centroamérica.
"Para 2050, casi todos los niños y niñas del mundo —cerca de 2.200 millones— estarán expuestos a olas de calor frecuentes". La advertencia de UNICEF suele leerse como un pronóstico de salud pública, pero también representa un desafío para la arquitectura y la forma en que se construyen las ciudades. A medida que el calor extremo se intensifica en Asia, Europa y más allá, el confort térmico no debería reducirse a un simple servicio interior provisto por máquinas. El aire acondicionado se ha convertido en un sistema de soporte vital para muchas ciudades, especialmente en regiones densas, húmedas y en rápido proceso de urbanización. No obstante, depender de él como respuesta predeterminada equivale a tratar el calor como algo que simplemente se puede trasladar a otra parte (generando calor adicional en el proceso): expulsado de los interiores hacia las calles, los callejones de servicio, las redes de energía y la atmósfera. Su expansión incrementa la demanda energética, produce calor residual y refuerza la desigualdad en el acceso al confort.
El calor, sin embargo, no se limita al cuerpo humano. Reorganiza el ecosistema urbano en su totalidad: los árboles luchan contra el suelo compactado y los pavimentos radiantes; las aves y los insectos pierden su hábitat cuando la vegetación se reduce a un elemento decorativo; los sistemas acuáticos se calientan, la vida microbiana se altera y los materiales absorben y liberan calor mucho después del atardecer. El calor no es meramente un problema climático del que se deba huir hacia los interiores. Es un agente urbano que redefine el espacio público, el trabajo, la movilidad, la vegetación, la elección de materiales y las frágiles relaciones entre la vida humana y la no humana.
Sunlight House / HEIN-TROY Architects. Imagen cortesía de VELUX
¿Puede la arquitectura moldear el confort antes de que intervengan los sistemas mecánicos? Dado que los edificios representan casi el 40% del consumo energético mundial y las personas pasan cerca del 90% de su tiempo en interiores, el desempeño térmico se ha convertido en una de las preocupaciones más urgentes de la arquitectura. Sin embargo, a pesar de que suele asociarse con los valores de aislamiento, las calificaciones energéticas o los sistemas mecánicos, el desempeño térmico comienza con decisiones espaciales que se toman mucho antes de incorporar el equipamiento técnico. La orientación, el flujo de aire, la luz natural y la ubicación de las aberturas influyen en cómo un edificio absorbe, conserva y libera calor a lo largo del día.
El desempeño térmico no solo consiste en reducir la demanda de energía, sino también en mantener condiciones interiores confortables en respuesta al clima. Estrechamente vinculado al confort térmico —la manera en que las personas que habitan los espacios experimentan la temperatura, el flujo de aire, la humedad y el calor radiante—, influye tanto en la salud, el bienestar y la productividad como en la eficiencia operativa. Diversas investigaciones sugieren que los ambientes interiores saludables pueden mejorar la capacidad de aprendizaje y la productividad hasta en un 15%, lo que refuerza la creciente relación entre el desempeño ambiental, la resiliencia y la calidad espacial.
Casa Barcelona - Strom Architects - Corredera - Helena Lee Photography
A lo largo de gran parte de la historia, el peso ha estado estrechamente asociado a la idea misma de la arquitectura. Vitruvio, cuya noción de firmitas vinculaba la construcción con la estabilidad y la permanencia, entendía la solidez como una de sus cualidades fundamentales, y construir significaba, en gran medida, resistir los efectos del tiempo, la gravedad y las fuerzas de la naturaleza. En la arquitectura griega y romana, la monumentalidad dependía de los sistemas constructivos y materiales disponibles, como la piedra y la mampostería maciza, cuya expresión estaba definida por la masa, el espesor y la repetición estructural. Las columnas, los muros y los podios, más allá de sostener los edificios, afirmaban su presencia en el territorio, comunicando orden, durabilidad y poder. La arquitectura se asentaba sobre el terreno con peso.
La construcción industrializada reduce drásticamente los residuos de obra y garantiza un montaje de precisión, pero la sostenibilidad a largo plazo depende de la durabilidad de la envolvente del edificio aplicada en fábrica.. Imagen cortesía de Terraco
Más allá de ser una fuente de vida, el poder del sol en la arquitectura ha estado vinculado desde hace mucho tiempo a la necesidad de la humanidad de aprovecharlo y controlarlo como un recurso vital. Desde la antigüedad, la energía solar se ha utilizado para medir el tiempo, apoyar la siembra y la cosecha, y ofrecer protección contra el frío y el calor. Hoy en día, la radiación solar desempeña un papel fundamental en el consumo energético global. Las soluciones arquitectónicas basadas en materiales, tecnologías y análisis ambientales se desarrollan a partir de la comprensión de la capacidad de la energía solar para transformar el ambiente interior de los edificios. Sin embargo, ¿cómo pueden transformarse los edificios en fuentes de energía limpia?
Cortesía de SolarLab, Foto de doublespacephoto.com. Imagen RRC Polytech Manitou a bi Bii daziigae / Diamond Schmitt Architects & Number TEN Architectural Group
A medida que la responsabilidad ambiental se consolida en la cultura del diseño, la envolvente del edificio deja de ser una mera piel protectora para convertirse en una superficie activa generadora de energía. Tratar la tecnología solar como un material y no como un aditamento transforma la manera en que se concibe y se detalla la arquitectura. El color, la textura, el ritmo y el montaje se vuelven inseparables del rendimiento. Los sistemas fotovoltaicos integrados en edificios (BIPV) operan dentro de esta definición ampliada de la materialidad. Al integrar la tecnología solar en fachadas y fachadas ventiladas desde las primeras fases del proyecto, los/las arquitectos/as pueden eliminar redundancias, alinear las metas energéticas con la intención de diseño y replantear la composición de las envolventes. No obstante, traducir esta ambición en sistemas constructivos viables requiere precisión técnica e inteligencia constructiva.
Profundizar sobre los juegos de luces y sombras en la arquitectura parecería ser un tema recurrente en la agenda de muchos profesionales de la disciplina. Espacios de luminosidad y oscuridad se conciben con el fin de potenciar desde recorridos y direccionalidades en los espacios hasta destacar colores, texturas y formas de ciertos elementos arquitectónicos. Ahora bien, el impacto de la luz natural sobre las fachadas de los edificios revela la necesidad de desarrollar medidas que colaboren al ahorro energético, mejoren el confort térmico y visual de los espacios interiores, y también promuevan la reducción de las emisiones de carbono. Considerando a la luz como un material más en la arquitectura, ¿de qué manera su potencia podría contribuir en la experiencia arquitectónica?
Los espacios que habitamos están llenos de movimientos, actividades y encuentros: la cocina donde preparamos la comida, la sala donde nos reunimos, la oficina donde trabajamos. Entre todo esto, algunos elementos pasan desapercibidos, pero conectan nuestra experiencia con el entorno: interruptores, enchufes y placas eléctricas. Estos dispositivos no solo permiten la distribución de energía, sino que también estructuran y facilitan la interacción con el espacio, fungiendo como nodos que vinculan funciones y recorridos, a la vez que refuerzan la identidad estética de los interiores.
https://www.archdaily.cl/es/1033324/mas-alla-de-la-funcion-placas-electricas-como-solucion-tecnologica-y-de-diseno-interiorEnrique Tovar
Toda normativa nace con una intención clara: establecer un punto de partida. Es una forma de fijar un mínimo, de ordenar aquello que antes quizá se asumió de forma implícita o carecía de un marco común. Pero, como todo lo que involucra a la arquitectura —y especialmente nuestra forma de habitar—, estos marcos también evolucionan: se amplían, se ajustan y se vuelven más detallados en torno a nuevos modelos de vivienda sostenible. Este es el caso de la nueva normativa térmica en Chile, que no surge de cero, sino que forma parte de un proceso continuo que ha ido incorporando progresivamente nuevos criterios de eficiencia energética, contenidos en la Ordenanza General de Urbanismo y Construcción (OGUC).
https://www.archdaily.cl/es/1032356/aislamiento-y-eficiencia-energetica-en-viviendas-que-cambia-con-la-nueva-normativa-termica-en-chileEnrique Tovar
La sostenibilidad en la arquitectura a menudo se enmarca como un desafío universal, llevando a soluciones estandarizadas que priorizan la eficiencia sobre el contexto. Sin embargo, la arquitectura está inherentemente ligada a su entorno: los edificios interactúan con el clima, la topografía y la historia cultural de maneras que exigen especificidad. En lugar de depender de listas de verificación de sostenibilidad estandarizadas, ¿cómo puede la arquitectura abrazar soluciones específicas para cada sitio? Esta conversación está profundamente conectada al concepto de Genius Loci, o el espíritu de un lugar, introducido por Christian Norberg-Schulz y abrazado por arquitectos/as que abogan por diseños que resuenen con su entorno. Sugiere que la arquitectura no debe imponerse sobre un sitio, sino más bien emerger de él, informada por sus materiales, clima y significado cultural. Esta filosofía desafía la aplicación generalizada de tecnologías sostenibles genéricas, proponiendo en cambio que la sostenibilidad debe estar inherentemente ligada a la ubicación en la que opera.
Para muchos hogares en América Latina, las cocinas y estufas a base de combustibles fósiles y biomasa, como el gas natural o la leña, son una opción económica y accesible. Sin embargo, estos artefactos plantean ciertos desafíos: son fuente de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), contribuyen a la contaminación intradomiciliaria y evidencian la necesidad de políticas que promuevan una matriz energética residencial más limpia. Estos retos adquieren mayor urgencia al considerar que 2024 ha sido el año más caliente jamás registrado, con un aumento de 1,5 ºC respecto a los niveles preindustriales, impulsado por niveles récord de GEI derivados de actividades humanas, subrayando así la importancia de adoptar soluciones sostenibles en todos los sectores, incluido el residencial, a nivel mundial.