
Son las ocho de la mañana y la pantalla del automóvil indica que hay 36° en las calles de San Pedro Sula en Honduras. El cielo está casi despejado: su azul es intenso y brillan las pocas nubes que circulan. El aire acondicionado de los automóviles—todos con vidrios polarizados— hacen olvidar que, al bajarnos, el aire cálido y húmedo pesa sobre los hombros y hace sudar de inmediato.
Puerto Cortés, en el Caribe, está demasiado lejos como para pegarse un chapuzón, pero en el barrio de Armenta el río homónimo baja casi en silencio desde la Sierra del Merendón y corre de oeste a este entre piedras grises. En la ribera norte, los árboles altos y frondosos en el borde superior del barranco dan sombra a una plaza larga, seca y polvorienta, mientras las gruesas raíces levantadas le dan rugosidad al terreno. El sol duele menos.


















