
En principio, la creación de un lugar no es una tarea difícil; basta con que las personas se reúnan de manera habitual en un sitio determinado con un propósito o actividad para que un espacio cobre existencia. Esto no desestima el hecho de que un elemento físico deba acompañar este encuentro para que el espacio resulte protector, acogedor y atractivo. Esta idea del espacio que surge a partir de una intención se manifiesta claramente en una de las funciones más antiguas de la sociedad: los mercados de alimentos o productos locales.
Para dar origen a un mercado, el elemento arquitectónico puede ser tan sencillo como una cubierta ligera que albergue a los y las comerciantes y ofrezca un límite tácito al lugar, o bien, tan ingenioso como la reutilización adaptativa de un edificio o sitio existente para albergar nuevas necesidades. Por último, puede tratarse de una estructura temporal y ligera, instalada para ciertos eventos o necesidades específicas y luego desmontada para ser utilizada en otro sitio o con otros fines.

















