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Arquitectos: Stylus Architects
- Área: 175 m²
- Año: 2025
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Proveedores: Maxlight


La Antártida no tiene gobierno, población permanente ni economía. Además, desde 1959 carece de un propietario reconocido legalmente, ya que el Tratado Antártico congela cualquier reclamación territorial sobre el continente. Sobre el papel, esto la convierte en lo más parecido en la Tierra a un verdadero bien común. En la práctica, cerca de treinta países operan actualmente más de setenta estaciones de investigación allí, varias de ellas a corta distancia en avión unas de otras, y una de esas estaciones cuenta con una escuela, una capilla, un cementerio y una oficina de registro civil que ha registrado once nacimientos desde 1978.
Nada en esa arquitectura es fortuito, y muy poco se explica únicamente por la ciencia. Construir y abastecer una estación de investigación cuesta millones de dólares en uno de los lugares más hostiles del planeta desde el punto de vista logístico; ningún país asume semejante gasto solo para medir un ozono atmosférico que, en muchos casos, podría medir en un lugar más cercano. Lo que una estación hace, de manera infalible, es reclamar derechos sobre un territorio en el que, por ley, está estrictamente prohibido hacerlo.


Grabado en vivo en la Semana del Diseño de Milán 2026 en colaboración con INDX|GLOBAL, el noveno episodio del podcast Room For Dreams reúne a Rajiv Parekh de Red Architects, Hiren Patel de HPAD y Rudraksh Charan de 42mm Architecture para debatir cómo el diseño puede servir como una herramienta poderosa para la resiliencia emocional y la sanación colectiva.






Las imágenes de las bancas en el parque High Line de Nueva York se difundieron por todo el mundo cuando el proyecto se inauguró en 2009. Surgiendo en diagonal a partir de la misma materialidad y modulación del pavimento, estas piezas pasan de manera fluida del concreto a la madera, evocando las vías del tren que alguna vez ocuparon el lugar. Para resistir décadas de exposición a la intemperie, el proyecto requería una especie de madera de durabilidad excepcional, por lo que se seleccionó el ipé, proveniente de la Amazonia brasileña. Su lento crecimiento produce una madera dura, densa y de baja porosidad, naturalmente resistente al desgaste, la humedad y el deterioro biológico. Sin embargo, la elección desató controversia en su momento debido a las preocupaciones sobre la certificación del manejo forestal de la madera. Esta perspectiva más amplia transforma nuestra manera de pensar sobre los materiales: su origen sigue siendo importante, pero también lo es qué ocurre una vez que la vida útil del edificio llega a su fin.

En el Congreso Mundial de Arquitectos de la UIA 2026 en Barcelona, el lema Devenir. Arquitecturas para un planeta en transición planteó la arquitectura como una disciplina que opera dentro de las transformaciones ambientales, políticas y sociales, en lugar de hacerlo al margen de ellas. Entre quienes participaron como ponentes en esta edición se encontró el arquitecto Andrés Jaque, fundador de la Office for Political Innovation y decano de la Escuela Graduada de Arquitectura, Planificación y Preservación de la Universidad de Columbia (GSAPP). Durante el Congreso, ArchDaily conversó con Jaque sobre la capacidad de la arquitectura para generar alternativas, el papel de la experimentación en la educación y por qué la transición debe entenderse como una condición y no como un destino.

Este artículo es parte de nuestra nueva sección de Opinión, un formato para ensayos basados en argumentos sobre las cuestiones críticas que dan forma a nuestra disciplina.
El agroturismo se entiende comúnmente como un modelo híbrido, con partes iguales de superposición entre las industrias de la agricultura y la hotelería. Bajo esta perspectiva, se valora como una variación de un tema existente, una actividad complementaria superpuesta a la producción rural. Este marco de interpretación ya no se sostiene en el siglo XXI, ya que la escala e independencia del crecimiento del agroturismo lo han transformado en un sector económico diferenciado; uno con consecuencias arquitectónicas que ni la industria agrícola ni la hotelera están preparadas para abordar de manera aislada.