
-
Arquitectos: Pereira Miguel Arquitectos
- Área: 1500 m²
- Año: 2025



Imagine un pasillo. Paredes de concreto a dos metros de distancia, techo bajo, iluminación artificial sin sombras ni gradaciones. Al fondo, una ventana de vidrio blindado y, del otro lado, un agente uniformizado. Usted está en un puesto de entrada. Puede ser en Calais, en El Paso o en Lampedusa. Un espacio anónimo, pero no neutro. Diseñado para que cualquiera entienda que el paso no es un derecho, sino una concesión.
Este pasillo, sin embargo, no es una excepción, sino la expresión de un lenguaje arquitectónico que se repite en las fronteras contemporáneas. Los laberínticos aeropuertos, las estaciones de triaje, los muros; arquitecturas que hacen de la hostilidad un elemento constitutivo del espacio, demostrando que esta trasciende la expresión hermética de quien se encuentra al otro lado del vidrio.

Concéntrico regresó a Logroño para su 12.ª edición en junio y transformó la ciudad en un laboratorio de trabajo para la arquitectura. Desde su fundación en 2015, el festival ha construido una identidad basada en resistirse a la exhibición distante y controlada del diseño mediante la construcción de instalaciones a escala real en las calles, plazas y terrenos baldíos de la ciudad, involucrando a residentes y visitantes como parte de la vida cotidiana. El programa de este año reunió más de veinte intervenciones de arquitectos/as, diseñadores/as e investigadores/as provenientes de una gran variedad de geografías y metodologías, donde cada participante contribuyó a un experimento a escala urbana para reimaginar el espacio público.



Toda democracia se enfrenta tarde o temprano a la misma pregunta: ¿dónde puede expresarse la ciudadanía?
Las plazas públicas, las marchas y las manifestaciones han funcionado como las expresiones más visibles e impactantes de la opinión colectiva. Persiste en la ciudadanía un deseo creciente de hacerse ver y escuchar en el espacio público. Las manifestaciones, por su propia naturaleza, constituyen momentos de urgencia que surgen cuando el diálogo ha llegado a un punto muerto. Si bien son fundamentales para la democracia, no pueden ser su único lenguaje.

Pocas condiciones han moldeado el discurso arquitectónico contemporáneo con tanta profundidad como la incertidumbre. En bienales, exposiciones y foros internacionales, la arquitectura imagina cada vez más su relación con el mundo a través de la flexibilidad, la reversibilidad y la capacidad de respuesta; cualidades destinadas a hacer frente a las emergencias climáticas, la inestabilidad política y una movilidad humana sin precedentes. Los edificios se diseñan para transformarse, las infraestructuras para evolucionar y las ciudades para albergar condiciones que parecen cada vez más impredecibles. Este énfasis en la agilidad ha expandido la capacidad de la disciplina para abordar el cambio ambiental, ofreciendo estrategias valiosas para un mundo en constante transformación.
No obstante, esta evolución apunta a un cambio más profundo en la forma en que la arquitectura media la condición humana. Durante mucho tiempo, la arquitectura ha funcionado como un mecanismo de orientación existencial: una manera de que la conciencia humana talle una coordenada inteligible en medio de un cosmos indiferente, anclando la memoria y la identidad a un punto fijo. En gran parte del discurso arquitectónico contemporáneo, la incertidumbre aparece cada vez menos como una condición externa que debe mitigarse y más como el horizonte a partir del cual comienza el pensamiento arquitectónico. La experiencia espacial se ve cada vez más moldeada por entornos diseñados en torno a la persistencia del flujo, donde los puntos de referencia estáticos dan paso a condiciones de transformación continua.




Las imágenes de las bancas en el parque High Line de Nueva York se difundieron por todo el mundo cuando el proyecto se inauguró en 2009. Surgiendo en diagonal a partir de la misma materialidad y modulación del pavimento, estas piezas pasan de manera fluida del concreto a la madera, evocando las vías del tren que alguna vez ocuparon el lugar. Para resistir décadas de exposición a la intemperie, el proyecto requería una especie de madera de durabilidad excepcional, por lo que se seleccionó el ipé, proveniente de la Amazonia brasileña. Su lento crecimiento produce una madera dura, densa y de baja porosidad, naturalmente resistente al desgaste, la humedad y el deterioro biológico. Sin embargo, la elección desató controversia en su momento debido a las preocupaciones sobre la certificación del manejo forestal de la madera. Esta perspectiva más amplia transforma nuestra manera de pensar sobre los materiales: su origen sigue siendo importante, pero también lo es qué ocurre una vez que la vida útil del edificio llega a su fin.


Este artículo es parte de nuestra nueva sección de Opinión, un formato para ensayos basados en argumentos sobre las cuestiones críticas que dan forma a nuestra disciplina.
El agroturismo se entiende comúnmente como un modelo híbrido, con partes iguales de superposición entre las industrias de la agricultura y la hotelería. Bajo esta perspectiva, se valora como una variación de un tema existente, una actividad complementaria superpuesta a la producción rural. Este marco de interpretación ya no se sostiene en el siglo XXI, ya que la escala e independencia del crecimiento del agroturismo lo han transformado en un sector económico diferenciado; uno con consecuencias arquitectónicas que ni la industria agrícola ni la hotelera están preparadas para abordar de manera aislada.


A lo largo de las últimas décadas, la madera ha ampliado su presencia en la arquitectura contemporánea, impulsada tanto por el avance de nuevas tecnologías constructivas como por el redescubrimiento de técnicas tradicionales, siempre con un enfoque orientado a soluciones de menor impacto ambiental. Las escuelas se encuentran entre los proyectos que mejor reflejan este movimiento: es allí donde las cualidades ambientales, constructivas y sensoriales del material encuentran un terreno particularmente fértil.