
A lo largo de los años, los cuartos de baño se han considerado espacios puramente funcionales, estrictamente programados para la higiene y la privacidad. Al volverse más pequeños y prácticos, la cabina de ducha utilitaria y de bajo consumo de espacio se ha considerado a menudo la norma, relegando la bañera a la obsolescencia o a un lujo adicional para quienes disponen de espacio (y presupuesto) de sobra. No obstante, en los últimos tiempos, a medida que los cambios de estilo de vida impulsados por la pandemia han situado el bienestar como una prioridad absoluta, la noción del baño como un santuario se ha consolidado firmemente. De este modo, los baños contemporáneos se han reimaginado, orientándose hacia espacios abiertos de relajación, confort y recuperación. Y las bañeras —con su inherente naturaleza meditativa— han vuelto a cobrar protagonismo.






















