
En junio de 2020, la estatua del traficante de esclavos del siglo XVII Edward Colston fue derribada en la ciudad de Bristol, al suroeste de Inglaterra. Hasta entonces, la estatua se erigía sobre un pedestal en un destacado parque público, antes de ser arrojada al puerto de Bristol por manifestantes del movimiento Black Lives Matter. Este acto desencadenó un debate largamente postergado en el Reino Unido y otras naciones occidentales, un ajuste de cuentas que ha obligado a analizar con mayor profundidad los monumentos que pueblan nuestras ciudades y cuán profundamente arraigado está el imperialismo en el entorno construido. Surge entonces la eterna pregunta: ¿qué hacemos con estos edificios?
El Reino Unido alberga una amplia variedad de grandes mansiones de campo —majestuosas residencias en la campiña británica que solían pertenecer a la nobleza o a la aristocracia terrateniente—. Tradicionalmente han sido destinos de ocio muy populares, a los que la gente acude en masa para apreciar su arquitectura y sus paisajes. Antes del inicio de la pandemia de COVID-19, por ejemplo, los sitios gestionados por English Heritage recibían más de 10 millones de visitantes al año.











