
En un mundo ideal, los/las arquitectos/as tendrían total libertad para diseñar todo aquello que fuesen capaces de imaginar. Sin embargo, en la realidad las cosas no funcionan así. Lo cierto es que dibujar sobre una hoja en blanco no siempre significa tener todas las posibilidades del mundo a nuestra disposición; la arquitectura, al ser una profesión regulamentada, se rige por una serie de códigos y leyes, cuando no por los deseos de los/las clientes, límites presupuestarios u otros factores aún más complejos. En lo que respecta a los códigos de edificación, muchas veces estos “encorsetan” la arquitectura, forjando nuevas tipologías, programas y formas —desde la famosa “torre-plataforma” hasta el omnipresente “dos más cinco”. El resultado de esto, con frecuencia, deriva en edificios repetitivos y una estética urbana monótona y sin gracia.




