
Cuando los ostrogodos sitiaron Roma en el año 537 d. C., su primer acto militar fue cortar los acueductos. Once canales alimentados por gravedad abastecían a la ciudad con hasta un millón de metros cúbicos de agua al día, cantidad más que suficiente para sustentar a una población de más de un millón de habitantes, llenar los baños públicos y limpiar las alcantarillas. Sin los acueductos, Roma se convirtió en un recinto fortificado alrededor de un río contaminado, lo que demostró que el agua era esencial para la existencia misma de la ciudad.
A diferencia de la tierra, que puede cercarse, o del petróleo, que puede almacenarse, el agua es un recurso que nadie puede poseer por completo, pero del cual todo el mundo depende. Se mueve a través de acuíferos, cruza fronteras y fluye río abajo. Los romanos eran conscientes de este hecho; dado que los acueductos constituían una infraestructura pública, el agua que llegaba a las fuentes estaba al alcance de todos. Frontino, el administrador que supervisó el sistema de agua de Roma en el siglo I d. C., documentó cada asignación, cada conexión ilegal y cada abuso del sistema con el rigor de quien comprendía que la gestión del agua era un acto cívico. La arquitectura, en este sentido, siempre ha tenido la capacidad de convertir el agua en un bien común y, al mismo tiempo y por los mismos medios, en un privilegio.





















