
Es temporada de lluvias, pero el aguacero de esta mañana apenas altera el ritmo a lo largo de la Carrera Séptima. Quienes transitan en bicicleta o a pie esquivan a comerciantes informales con carretillas llenas de aguacates, dulces de jengibre y fundas para teléfonos. Autos de juguete, bombillas y joyas tejidas a mano brillan con las gotas de lluvia, organizados meticulosamente sobre lonas que delimitan el territorio de cada vendedor o vendedora. Agentes de policía se acercan a una persona dedicada al reciclaje de oficio que junta botellas; un o una turista regatea por una chaqueta; dos mujeres se encuentran en medio de la vía y se abrazan mientras sus abrigos se empapan de lluvia.
La Séptima, o la Avenida Carrera Séptima de Bogotá, es la vía más emblemática de la ciudad, transitada por más de dos millones de personas cada día. A lo largo de esta calle —que es a la vez mercado, ruta de protesta y nodo de transporte— se despliega la historia de Bogotá. Durante casi un año, seguí sus ritmos a pie, en mis trayectos diarios, como habitante y en mi rol de investigación. En todos estos momentos y sus encarnaciones históricas, una imagen perduró: la calle es un cuerpo vivo. Se la imagina como la columna vertebral de Bogotá, su arteria vital, su corazón. Sangra, carga cicatrices y exige cuidado.



