
El posmodernismo en los Estados Unidos convirtió a la arquitectura en un escenario para la memoria cultural, la ironía y el patrimonio en un momento en que el entorno construido se volvía menos cívico y más comercial y curado. Hacia finales del siglo XX, la inversión arquitectónica ya no se centraba en instituciones públicas monumentales ni en un compromiso federal compartido con el espacio cívico. El desarrollo privado, la expansión corporativa y los entornos de consumo moldearon cada vez más las ciudades de todo el país. Los edificios asumieron un nuevo rol como imágenes culturales, con la expectativa de comunicar identidad y significado tanto como de ofrecer una función.
El posmodernismo comenzó como una crítica a las promesas agotadas del modernismo. A finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, gran parte de los y las profesionales del diseño ya no consideraban al modernismo como algo radical o socialmente redentor. Los proyectos de renovación urbana aceleraron la demolición de barrios históricos, y las batallas por la preservación de monumentos plantearon preguntas urgentes sobre lo que Estados Unidos valoraba y, en última instancia, protegía. La pérdida de grandes íconos cívicos, como la estación Penn de Nueva York, agudizó la conciencia pública de que el progreso a menudo llega a través de la erradicación. En Chicago, el arquitecto y provocador Stanley Tigerman capturó esta sensación de ruptura en su fotomontaje de 1978, *The Titanic*, que muestra el Crown Hall de Mies van der Rohe hundiéndose en el lago Michigan, una imagen contundente del colapso simbólico del modernismo. Quienes ejercían la arquitectura posmoderna trabajaron en medio de esta turbulencia, bajo la influencia de crisis económicas, excesos corporativos, una producción cultural en transición y un creciente escepticismo hacia las grandes soluciones arquitectónicas.









