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Arquitectos: 23 SUL, Santiago D'Ávila
- Área: 306 m²
- Año: 2023
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Proveedores: AJG Marcenaria, Rewood


En toda Sudamérica, el confort ambiental se entiende no como una condición interior, sino como una cualidad que se modela a través del espacio. En regiones marcadas por el calor, la humedad, la intensa radiación solar y las variaciones estacionales, la arquitectura ha recurrido históricamente a decisiones espaciales para moderar el clima y dar soporte a la vida cotidiana. El confort surge de la manera en que los interiores se abren, se sombrean, se ventilan y se habitan a lo largo del tiempo.
En lugar de aislar los espacios interiores de su entorno, numerosos proyectos contemporáneos en toda la región cultivan el confort a través de la profundidad, la porosidad y las zonas intermedias. La luz se filtra en vez de maximizarse, el aire se canaliza mediante aberturas alineadas y vacíos, y los umbrales se transforman en espacios activos de uso y no en meros bordes residuales. Estas estrategias no buscan un control ambiental uniforme, sino que producen interiores que permanecen templados, adaptables y estrechamente sintonizados con las condiciones climáticas cambiantes. En este contexto, el confort ambiental se vuelve inseparable de la experiencia espacial.

Este artículo es parte de nuestra nueva sección de Opinión, un formato de ensayos argumentativos sobre las preguntas críticas que definen nuestra disciplina.
Tradicionalmente, la visita a un museo es un acontecimiento programado con una secuencia claramente pautada. La llegada se celebra de forma ceremonial —a través de grandes escalinatas o umbrales, taquillas y mostradores de información, una audioguía y un conciso prefacio institucional sobre su misión e historia. Ese carácter deliberado de "ocasión especial" deriva de cómo se concibieron los museos durante mucho tiempo: intencionadamente excepcionales, rigurosamente curados y organizados en torno a un arco narrativo específico. En este modelo, el museo asume una voz de autoridad —con un conocimiento profundo, validado y digno de respeto antes que de cuestionamiento—, mientras que la arquitectura y la coreografía del espacio refuerzan una manera unívoca de ingresar, aprender y recordar.




Caminamos sobre suelo "plano" todos los días y rara vez nos detenemos a pensarlo, pero ¿qué tan plano es en realidad? En la ciudad, los cordones están biselados, las aceras se inclinan hacia las rejillas y las calzadas tienen un bombeo central para escurrir el agua hacia cunetas poco profundas. En los suburbios y en los senderos sin pavimentar, el terreno irregular es la norma. En el interior de los edificios, por el contrario, buscamos una horizontalidad casi perfecta: marcos estructurales, losas y acabados se disciplinan para crear superficies de tránsito niveladas en nombre de la seguridad y la accesibilidad. Sin embargo, la planicidad es intrínsecamente incompatible con el agua. Una mirada más atenta revela un discreto repertorio de soluciones: ligeras pendientes en los accesos, umbrales elevados unos pocos milímetros y zonas húmedas con inclinaciones casi imperceptibles. El suelo se percibe como plano, pero en realidad está cuidadosamente calibrado —microtopografías que se hacen pasar por planos— para gestionar el agua sin llamar la atención.
¿Cuáles son las formas habituales en que los/las arquitectos/as "mantienen las cosas planas" mientras gestionan el agua, ese enemigo perenne de los edificios? Una forma útil de analizarlo es examinar de cerca tres situaciones recurrentes: las cubiertas o terrazas exteriores, los baños y otras zonas húmedas, y los planos de suelo exterior. Cada una de ellas recurre a un conjunto de herramientas ligeramente diferente —sistemas de pedestales regulables sobre impermeabilizaciones inclinadas, micropendientes hacia sumideros, desagües perimetrales ocultos, pendientes divididas— para mantener la ilusión de una superficie continua y nivelada. El estudio comparativo de estas situaciones revela cuánto esfuerzo de diseño se requiere para conciliar la percepción de planicidad con una realidad compleja.






