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Arquitectos: Pereira Miguel Arquitectos
- Área: 400 m²
- Año: 2025


Los jardines botánicos propician un diálogo estrecho entre el paisaje, el diseño, la comunidad y la investigación científica. Con origen en los huertos medicinales y las colecciones privadas dedicadas a la clasificación de plantas, estos espacios evolucionaron hasta convertirse en instituciones donde se podían cultivar y presentar al público especímenes recolectados en diversas regiones y climas. Su evolución en la sociedad dio lugar a un repertorio arquitectónico singular que abarca desde invernaderos y conservatorios hasta herbarios y laboratorios, llegando eventualmente a centros de visitantes y espacios de hospitalidad. La arquitectura sigue siendo fundamental para el jardín botánico, actuando como un instrumento de cultivo y un marco para organizar y estudiar el campo de la botánica.







Marcada por el refinamiento y la pureza del diseño, la arquitectura portuguesa históricamente mantiene una aguda relación entre el objeto construido y el territorio en el que se inserta.
Nombres como Álvaro Siza Vieira, Eduardo Souto de Moura y Fernando Távora siguen siendo los principales referentes al pensar en la producción arquitectónica portuguesa. Sin embargo, más allá de estas grandes figuras, un grupo de oficinas jóvenes creadas en los últimos diez años ha demostrado fuerza y relevancia en la nueva producción. En este panorama, se destacan nuevos atributos: un sentido estético y constructivo basado en el minimalismo moderno, pero cuestionado y renovado de acuerdo con los nuevos parámetros sociales y filosóficos contemporáneos; la unión de campos híbridos —del arte y el diseño de producto a la arquitectura y el urbanismo—; y un proceso cada vez más colaborativo, basado en la unión de ideas colectivas.

La oficina portuguesa FAHR 021.3 realizó una instalación temporal de madera que transformó la fachada del Cine-Teatro Garrett, un edificio histórico en el centro de la ciudad de Póvoa, Portugal. Titulado Ensaio 04, el proyecto es un estudio geométrico de una superficie curva construida a través de planos rectos de madera de álamo, obteniendo así una deformación de la perspectiva.



La reutilización adaptativa está pasando de la simple preservación a la revitalización activa, un proceso de rescate estructural y reprogramación de tipologías arquitectónicas cuyas funciones originales ya no son relevantes. La obsolescencia de los espacios arquitectónicos ocurre por diversas razones: cambios sociológicos, dejando espacios deshabitados; avances tecnológicos, eliminando maquinaria específica; y cambios económicos, haciendo que las funciones centralizadas sean necesarias. La estrategia de reutilización se centra en lograr longevidad espacial y funcional a través de intervenciones mínimas, permitiendo que la estructura original sirva como el ancla de memoria del proyecto.
Esta ola de reutilización adaptativa trata la estructura histórica como un recurso limitado, priorizando la permanencia estructural sobre la estética superficial. Los diseñadores están participando en una especie de proceso arqueológico al exponer la esencia estructural original: la madera pesada, el concreto crudo o la mampostería monumental. Las intervenciones se limitan a satisfacer nuevas necesidades programáticas, apareciendo a menudo como una inserción independiente dentro de la envolvente antigua. Este contraste redefine la vida útil del edificio no como una narrativa singular, sino como una historia en capas de eventos continuos.



Los muelles y puertos de embarcaciones son espacios liminales donde la orilla marca el encuentro entre la tierra y el agua, sirviendo como un espacio para la convergencia de la cultura, la industria y la comunidad. Para quienes trabajan en el mar, desde pescadores/as comerciales hasta operadores/as de carga marítima, el muelle es un umbral entre el trabajo y el descanso, entre la incertidumbre oceánica y la estabilidad terrestre. Para otras personas, el muelle funciona como una puerta de entrada a la recreación, el deporte y la aventura, albergando desde clubes de remo hasta viajes familiares en velero. Y para quienes nunca suben a bordo de una embarcación, el muelle ofrece una poderosa conexión con el entorno marino, un lugar donde detenerse, observar e interactuar con el ritmo de las mareas.

En una época de colapso ecológico y creciente inseguridad alimentaria, la arquitectura se ve cada vez más llamada a comprometerse no solo con los paisajes, sino también con los sistemas que los sostienen y regeneran. Entre estos sistemas, la agricultura ocupa un papel paradójico, al ser tanto uno de los principales factores de la degradación ambiental como un agente potencial de recuperación ecológica. La agricultura industrial ha agotado los suelos, fragmentado los hábitats y acelerado el cambio climático a través de los monocultivos, la dependencia de los combustibles fósiles y la estandarización territorial. Como respuesta, la agroecología ha surgido como una práctica alternativa arraigada en la biodiversidad, los saberes locales y los ritmos cíclicos de la naturaleza. Esta disciplina redefine la agricultura no como una actividad extractiva, sino como la regeneración de los ecosistemas, las comunidades y el suelo mismo.
Esta nueva perspectiva abre un espacio para que la arquitectura realice una contribución significativa. Alinearse con la agroecología no significa únicamente apoyar la producción de alimentos, sino también comprometerse con las condiciones culturales, espaciales y ecológicas más amplias que la sostienen. Esto implica diseñar considerando las variaciones estacionales, fomentar el uso compartido y construir de manera que se respete tanto a la tierra como a quienes la trabajan. Así, la arquitectura va más allá del simple cerramiento: se convierte en un mediador del cultivo, la reciprocidad y la coexistencia.