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Arquitectos: URLO Studio
- Área: 8772 m²
- Año: 2022



La arquitectura de Latinoamérica y España es testimonio de la riqueza y diversidad de culturas, tradiciones, necesidades y soluciones que definen estos territorios. Con más de 700 proyectos construidos en países de habla hispana publicados en ArchDaily en Español, llegó el momento de explorar, debatir y elegir los favoritos para el premio Obra del Año 2026.
En su decimoséptima edición, la Obra del Año reafirma su lugar como el mayor premio de arquitectura del mundo hispano, decidido por su comunidad. A partir de hoy, 24 de marzo, serán los lectores quienes asuman la responsabilidad de elegir las mejores obras arquitectónicas del 2025.
Durante las próximas tres semanas, la inteligencia colectiva de nuestra comunidad recorrerá cientos de proyectos construidos en países de habla hispana: Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, España, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

A medida que se intensifica la variabilidad climática, las tormentas extremas se vuelven más frecuentes en algunas regiones, mientras que la escasez de agua se agrava en otras. Ante este panorama, los/las arquitectos/as se ven cada vez más presionados/as a reconsiderar cómo los edificios se relacionan con la lluvia, entendiéndola tanto como una fuerza ambiental como un recurso de diseño. ¿Cómo puede la arquitectura ir más allá de la simple evacuación del agua excedente para dedicarse a captarla, almacenarla y reutilizarla activamente? ¿Qué significaría tratar el agua de lluvia como un material que da forma a espacios resilientes y significativos?


En toda Sudamérica, el confort ambiental se entiende no como una condición interior, sino como una cualidad que se modela a través del espacio. En regiones marcadas por el calor, la humedad, la intensa radiación solar y las variaciones estacionales, la arquitectura ha recurrido históricamente a decisiones espaciales para moderar el clima y dar soporte a la vida cotidiana. El confort surge de la manera en que los interiores se abren, se sombrean, se ventilan y se habitan a lo largo del tiempo.
En lugar de aislar los espacios interiores de su entorno, numerosos proyectos contemporáneos en toda la región cultivan el confort a través de la profundidad, la porosidad y las zonas intermedias. La luz se filtra en vez de maximizarse, el aire se canaliza mediante aberturas alineadas y vacíos, y los umbrales se transforman en espacios activos de uso y no en meros bordes residuales. Estas estrategias no buscan un control ambiental uniforme, sino que producen interiores que permanecen templados, adaptables y estrechamente sintonizados con las condiciones climáticas cambiantes. En este contexto, el confort ambiental se vuelve inseparable de la experiencia espacial.

La salud se ha convertido en una preocupación central en la arquitectura, la planificación y el diseño, impulsada por una creciente conciencia sobre cómo el entorno construido influye en el bienestar físico, mental, social y ambiental. En 2025, esta conciencia superó los tipos de edificios especializados o las métricas de rendimiento y se situó en el núcleo de la toma de decisiones arquitectónicas, definiendo cómo se conciben, construyen y habitan los espacios en diversos contextos. La práctica de la arquitectura ya no trata la salud como un requisito externo, sino como una condición intrínseca de la vida cotidiana.




Entre los Andes, la costa y la Amazonía, la arquitectura de Ecuador ha evolucionado como un reflejo de su geografía diversa, un territorio donde el clima, la topografía y la cultura convergen. A lo largo de su territorio, la arquitectura ha sido un acto de adaptación: desde las tradiciones vernáculas arraigadas en el trabajo colectivo y los materiales locales, hasta las influencias coloniales y modernistas que reconfiguraron sus ciudades. Esta diversidad ha dado lugar a distintos sistemas constructivos —desde estructuras de bambú y caña en la costa, hasta construcciones de tierra y piedra en la región andina—, conformando un archivo de diseño adaptativo que continúa influyendo en la práctica contemporánea.
Sin embargo, en la última década, la arquitectura ecuatoriana ha experimentado una transformación silenciosa pero profunda. Nuevos programas académicos y referentes internacionales han impulsado una creciente conciencia sobre el clima y la justicia social. Las y los arquitectos emergentes están redefiniendo la práctica a través de talleres, estudios colectivos y experimentación en obra que desdibujan la frontera entre el diseño y el activismo. Lejos de centrarse en la arquitectura como un objeto, esta nueva generación aborda el diseño como un proceso enfocado en la colaboración, la sostenibilidad y la identidad cultural. Sus inquietudes han desplazado el lenguaje del diseño: la pregunta ya no es qué construir, sino con quién.

En toda América del Sur, la arquitectura se entiende cada vez más como un acto colectivo. En lugar de imponer visiones externas, muchos estudios y profesionales del diseño construyen junto a y para las comunidades, aprendiendo de sus prácticas locales, materiales y formas de habitar. Estos proyectos están redefiniendo el rol de los/las arquitectos/as para pasar de la autoría a la facilitación, transformando el diseño en un proceso participativo centrado en la colaboración, el cuidado y el respeto mutuo.
Lo que une a estas iniciativas no es el estilo ni la escala, sino una convicción compartida: la arquitectura surge del diálogo colectivo, no de la imposición. Desde las zonas rurales de Ecuador hasta las periferias urbanas de Brasil, Colombia y Paraguay, estos proyectos demuestran cómo el compromiso social y la producción local generan espacios sostenibles tanto a nivel ambiental como social. Así, responden a la desigualdad no mediante soluciones impuestas desde arriba, sino a través de la coautoría, ofreciendo espacios que reflejan las necesidades, el conocimiento y la agencia de quienes los habitan.