
Para millones de niños, niñas y jóvenes desplazados, la educación se desarrolla en condiciones de movilidad forzada, incertidumbre administrativa y precariedad prolongada. Por lo tanto, las escuelas situadas en zonas fronterizas, asentamientos de personas refugiadas y lugares de desplazamiento inducido por el clima funcionan como algo más que simples instalaciones educativas. Se convierten en infraestructuras espaciales que concilian las demandas contradictorias de la emergencia y la continuidad, ofreciendo entornos donde el aprendizaje persiste a pesar de la inestabilidad de la situación jurídica, las condiciones de vida y el propio sentimiento de estar en casa.








