En diversos momentos de la historia, la escala humana y la aproximación de los edificios a la dimensión sensible y vinculada al cuerpo fueron los valores perseguidos por los arquitectos, un objeto de reflexión dentro de la producción teórica del campo. Aunque es una virtud que un espacio pueda ser abordado en una relación directa entre la persona y la construcción, existen situaciones, y más que eso, algunas escalas de proyecto, que sólo pueden ser percibidas a partir de una mirada más distanciada.
Desde el punto de vista del turista francés, de la narrativa del filósofo Jean Paul Sartre, o como punto de partida de las embestidas desbravadoras de Marco Polo en sus Viajes, la ciudad de Venecia forma parte de un inconmensurable repertorio literario global, ocupando el lugar de un objeto misterioso y bello que invita a cualquiera a querer experimentarla. En ella figuran los libros de artes e historia, cuando el foco está en las grandes obras de arquitectura y artes visuales que la ciudad lleva, o cuando hay interés en las divergentes y legendarias narrativas que se refieren a su origen. En los libros de ficción, la calma áurea de sus canales, las pequeñas callejuelas, los colores y texturas de su paisaje son el fondo para un escenario de historias imaginadas.
Las expresiones regionales de la cultura de un país representan un dato significativo que ayuda a entender la relación del contexto y sus condiciones específicas con las más diversas formas de manifestación social. Estos matices y singularidades dentro del ámbito de la construcción se traducen en lo que puede ser entendido como arquitectura vernacular.
A pesar de haber existido siempre, ese universo de ejemplares locales, de una arquitectura a partir de materiales, técnicas y soluciones constructivas regionales, vino a ser bastante estudiado en Brasil en la segunda mitad del siglo XX, en un proyecto de trazado de la historia arquitectónica nacional encabezado por Lucio Costa .
Desde los primeros experimentos llevados a cabo por el francés Joseph Niépce en 1793, y su prueba más exitosa en 1826, la fotografía se convirtió en un objeto de exploración y un recurso para registrar momentos vividos y lugares del mundo. Dentro del amplio espectro de la producción fotográfica a lo largo de la historia, la arquitectura ha desempeñado con frecuencia un papel destacado en los registros, ya sea desde la perspectiva de la fotografía como arte, documento o, como a menudo fue, un instrumento para la construcción cultural.
Con una gran autonomía como práctica y de debate particular dentro de este tema, la fotografía arquitectónica tiene la capacidad de reafirmar una serie de características expresivas de las obras retratadas, crear tensión en su relación con el entorno y proponer lecturas específicas o genéricas de edificios, entre otras posibilidades de investigación.
Hace mucho tiempo que la historia de las civilizaciones viene siendo contada y enseñada de forma lineal, con un sentido evolutivo en pos de una aprehensión facilitada por una didáctica más directa. A menudo se cuestionó este método de pensar y organizar la forma en que los eventos o manifestaciones culturales ocurrieron a lo largo del tiempo en las diversas partes del mundo, con especificidades que a menudo se dejan de lado en las grandes narrativas históricas producidas sobre todo en el ámbito occidental y europeo.
"Cualquiera puede ser fotógrafo hoy en día, todo lo que necesitas es un smartphone". Aunque este es un cliché muy famoso, eso no significa que sea totalmente falso. Recientemente, con el avance de la tecnología de los smartphones, con la ayuda de las redes sociales, el incremento de las capacidades fotográficas en estos dispositivos se ha elevado a una velocidad exponencial.
Los "cinco puntos de una nueva arquitectura" de Le Corbusier funcionaron en el siglo XX como un gran motor para la producción arquitectónica, y son fundamentales para la comprensión de lo que fue el legado moderno en este campo. La ventana corrida, fachada libre, pilotis, terraza jardín y, tal vez el punto más expresivo, el concepto de planta libre, constituyen el manifiesto del arquitecto franco-suizo. En términos de práctica proyectual, este último punto significó distinguir entre estructura y envolvente, permitiendo la libre disposición de las paredes divisorias que dejan, entonces, de cumplir una función estructural.
En varios países, diversas tipologías fueron abordadas con esos principios, y con el caso de los proyectos residenciales no fue diferente. En el pasado, existía una caracterizada división de ambientes, absolutamente clara y vinculada a las dinámicas domésticas. La casa, filtrada por el discurso moderno, pasaba a ser flexible mediante la capacidad de generar nuevas articulaciones espaciales.
Gran parte del siglo XX está marcada por una producción arquitectónica que se lee, en general, como moderna. Las bases que configuran esa producción han sido -por lo menos durante seis décadas- objeto de discusión, reuniendo opiniones divergentes sobre la verdadera intención detrás de la gestalt moderna.
Por un lado, se aboga que en el centro de su origen, la escuela moderna lidia con una perspectiva de transformación social a partir de las propuestas de los arquitectos, como vertiente participativa del oficio en el escenario de la post Primera Guerra Mundial en Europa. Por otro lado, hay opiniones que encuadran a la arquitectura moderna en una clave estilística, marcada por características formales que orientan y crean un conjunto de producción que trata de la expresividad de los materiales, del tipo de diseño en los proyectos, y sobre todo de los consagrados 5 puntos de la arquitectura moderna de Le Corbusier.