
Es junio de 1980. Alfredo Jaar, tras desertar de Arquitectura en la Universidad de Chile, camina por el centro de Santiago con largos paneles. Arrimado a la sombra de un kiosco, intercepta a los transeúntes y los entrevista. En plena dictadura militar, Jaar quiere que la gente vote. No por el plebiscito de la Constitución de ese año o por elecciones democráticas. Tampoco hay papel o lápiz para votar. No hay línea que marcar. Su voto es un dulce de menta —blanco y redondo— como la bolita de un sorteo de azar.
"¿Es usted feliz?", pregunta. "¿Cuánta gente en Chile estima usted que es feliz hoy?", pregunta en un segundo panel. "¿Y en el mundo?", pregunta Jaar en un tercer panel.









