
El tren es el mundo. Nosotros la humanidad. Frase que dicha dentro de la película bien pudiera resumir el mensaje que busca transmitir al público. Metáfora de la propia sociedad, “Snowpiercer” sigue los pasos de la ciencia ficción distópica más clásica, pero no por ello resulta repetitiva o carente de impacto. Todo lo contrario, transmite frescura respecto al género, una ambientación sombría y efectista, y un sentimiento de pesimismo que aun finalizada la cinta pretende concientizar al espectador y no dejarlo indiferente ante todo lo que ha visto.
El gran tren se desplaza sobre los rieles de un mundo devastado por una nueva era glacial, la cual ha sido provocada de manera artificial por los esfuerzos fallidos de la humanidad para erradicar los efectos del cambio climático. Habiendo pasado del punto de no retorno, la civilización colapsa bajo la nieve y los únicos sobrevivientes se abarrotan dentro de los vagones de un tren, que a modo de arca ha sido preparado por un excéntrico millonario para preservar a la sociedad humana.
La vida dentro del tren es brutal para aquellos que a modo de polisones lograron colarse dentro de los vagones. Sin agua, sin comida, desarrollan un comportamiento caníbal que solo puede ser detenido ante la figura del auto sacrificio, de una autofagia que logra imponer el orden y más tarde, la figura de un líder. Sobreviviendo en las bodegas del tren, la clase alta ve en ellos una plaga. Pero en lugar de eliminarlos de raíz, los utilizan como su mano de obra barata y renovable, piezas de recambio para la gran maquinaria que supone el ciclo sin fin del tren.
