
Desde la bombilla de vidrio vacía de Thomas Edison hasta los LED controlados por inteligencia artificial, han transcurrido cientos de años que representan una evolución constante, la cual culmina en lo que hoy conocemos como iluminación artificial. Edison no podría haber imaginado cuán dependientes nos volveríamos de su invento casi dos siglos después, llevando un estilo de vida en el que permanecemos hasta el 90% de nuestro tiempo en ambientes cerrados y privados de luz natural, como centros comerciales y oficinas. Lugares donde la luz artificial se mantiene constante a lo largo del día, sin sufrir ningún tipo de oscilación respecto a la temperatura de color o la intensidad lumínica, y donde la iluminación artificial prácticamente anula la diferencia entre el día y la noche.
Sin embargo, con la evolución de los estudios sobre el bienestar humano, especialmente en lo que respecta a la relación directa entre la luz natural y el metabolismo, se ha comprobado que la función de la luz artificial debería ir mucho más allá de simplemente ayudarnos a ver, pudiendo también colaborar en el mantenimiento del funcionamiento adecuado de nuestro cuerpo, tanto desde el punto de vista biológico como psicológico. Las investigaciones indican la influencia del "reloj biológico" en el desarrollo de las actividades cotidianas, lo que significa que, en términos generales, las variaciones de la luz —desde el amanecer hasta el atardecer— envían señales precisas al cerebro, que las interpreta y transmite al cuerpo humano, desencadenando respuestas específicas. La presión arterial, la temperatura corporal y la producción de ciertas hormonas son aspectos que varían a lo largo de las 24 horas y de acuerdo con la información visual que recibimos de la luz. En este contexto, se comprendió que una fuente de luz que no experimenta ninguna alteración a lo largo del día no se condice con el organismo humano, ya que se necesitan diferentes estímulos lumínicos para realizar con mayor precisión las funciones cotidianas.












