
Dentro de la denominada arquitectura canónica, uno de los primeros tratados conocidos es el de Vitruvio. Más agraciado que abordar la formación intelectual y cultural, los intereses y la sensibilidad del o de la arquitecto/a, o la tríada “sagrada” de la arquitectura – venustas, firmitas y utilitas (belleza, solidez y funcionalidad) –, el tratado describe un método proyectual, uma especie de manual para la edificación romana de la época. Reconocida por su complejidad y sofisticación, la arquitectura romana apresentava una gran variedad de edificios con diversas funciones. Entre ellos, las termas, que no escaparon a las prescripciones vitruvianas.
A pesar de que gran parte del tratado se dedica a las construcciones y los materiales, el libro VIII aborda el agua: cómo captarla y almacenarla, así como las estructuras arquitectónicas que sirven a este propósito. La captación de agua se realizava mediante manantiales naturales y acueductos –ejemplos del ingenio romano que aún hoy sorprenden a la contemporaneidad–, garantizando el suministro necesario para los complejos termales. En general, las termas contaban con piscinas internas y utilizaban el vapor de agua para calentar los ambientes.








