
Dentro de diversos —por no decir todos— programas arquitectónicos, existe una función que constituye un requisito básico y común a ellos: el baño. No se proyecta una vivienda, oficina, espacio comercial, teatro, museo, templo religioso, parque o escuela sin él. En algunos países, el sanitario público forma parte de la infraestructura urbana, de la misma manera que el transporte público o la recolección de residuos. Como derecho básico de la humanidad, aunque todavía negado a una parte considerable de la población mundial, el sanitario acompaña el desarrollo histórico. La modernidad trajo consigo la separación entre lo público y lo privado, y este espacio pasó a ser cada vez más reservado en la sociedad occidental.
A veces, este ambiente puede acabar reducido a un mero requisito técnico, con superficies mínimas en favor de espacios sociales más valorados. A pesar de su área restringida, presenta una alta complejidad técnica, lo que también contribuye a distribuciones más estandarizadas y poco exploradas. Sin embargo, y tal vez por este mismo motivo, existen proyectos que aprovechan situaciones más restrictivas para desarmar o invertir la imagen del baño estándar. El resultado es la ampliación de las posibilidades de diseño y la valorización de un espacio tan “protocolar”.














