
El Día Mundial de los Wetlands (o humedales/zonas inundables) se celebra cada año el 2 de febrero con el fin de sensibilizar sobre la importancia de estos entornos. Este día también marca el aniversario de la convención sobre los humedales, adoptada como tratado internacional en 1971. Su promulgación se debe a que casi el 90% de los humedales del mundo se han degradado desde 1700, desapareciendo tres veces más rápido que los bosques. No obstante, se trata de ecosistemas sumamente importantes que contribuyen a la biodiversidad, la mitigación y adaptación al cambio climático, la disponibilidad de agua dulce, las economías mundiales y mucho más.
Motivados por este momento de alerta y celebración, presentamos en este artículo las características y ventajas del sistema de tratamiento de efluentes conocido como wetland artificial o construido. Como su propio nombre indica, este método simula los entornos naturales mencionados anteriormente, los cuales se inundan de forma permanente o estacional —pantanos, marismas, manglares— y que, mediante un proceso natural, limpian y filtran el agua.
Constituidos por lagos o canales artificiales poco profundos que albergan plantas acuáticas, los wetlands construidos fueron implementados inicialmente en Alemania por Käthe Seidel, del Instituto Max Planck, a mediados de la década de 1950, para la eliminación de fenol y la reducción de la carga orgánica de efluentes de la industria láctea. Hoy en día, más de 70 años después, el alcance del sistema incluye el tratamiento de aguas residuales domésticas e industriales, aguas grises o la escorrentía de aguas pluviales. Además, pueden diseñarse para la recuperación de terrenos tras la actividad minera o como una medida de mitigación para áreas naturales afectadas por el cambio de uso del suelo. En líneas generales, los wetlands actúan como biofiltros capaces de remover una serie de contaminantes como materia orgánica, patógenos o metales pesados.




