
El principio del siglo XX presenció el nacimiento de la arquitectura moderna. Trajo consigo un movimiento arquitectónico central que, a su vez, dio origen a sus propias ramificaciones. Una figura que suele considerarse el rostro definitorio de este movimiento es Le Corbusier, cuyo tratado de 1923 Hacia una arquitectura ejerció una gran influencia en sus pares de la arquitectura moderna; un manifiesto que incluía la frase «la casa es una máquina para habitar», donde la buena arquitectura debía estar intrínsecamente ligada a la función y a las exigencias de la industria.
En la búsqueda de precedentes de diseño donde la función y la forma mantuvieran una relación armoniosa, el transporte se convirtió, para los colectivos de la arquitectura moderna, en una fuente clave de inspiración. Los automóviles se transformaron en una obsesión para figuras como Le Corbusier, quien veía en ellos un símbolo indiscutible de la modernidad. Sin embargo, otro medio de transporte tuvo un impacto que podría considerarse aún mayor. El transatlántico —esos buques de pasajeros de larga distancia— se convirtió en el ícono del diseño ejemplar para la llamada «arquitectura de la nueva era».
















