
La arquitectura suele ser una profesión ambiciosa; muchos/as arquitectos/as aspiran a contribuir positivamente a la vida social de las comunidades, generar respuestas emocionales y aportar momentos de deleite y consuelo a nuestras experiencias cotidianas. Sin embargo, las fuerzas del mercado ejercen una presión constante sobre este campo y suelen ser el factor decisivo en muchas de las elecciones de diseño. Los costos y el valor económico son, por lo general, un buen indicador de cómo, cuándo y en qué medida se utilizan determinados materiales: la regla general es que cuanto más barato, mejor. No obstante, los materiales son solo una parte de la ecuación. La mano de obra en obra, la gestión y los costos de diseño también entran en juego, lo que configura un panorama complejo sobre el equilibrio entre el costo de los materiales y el de la mano de obra, así como su efecto en el producto arquitectónico.
Tal como está configurada la industria hoy en día en la mayoría de los países desarrollados, la mano de obra, en todas sus formas, está sujeta a fuertes impuestos. Los materiales, en cambio, no lo están. Según el ingeniero Steve Webb, esta distorsión genera una tendencia a minimizar el trabajo, tanto el físico en la obra como el intelectual en los estudios de diseño. En lugar de optimizar el uso de los materiales para crear estructuras más ligeras y de mejor rendimiento, se reduce al mínimo el tiempo de reflexión dedicado al diseño, al tiempo que se limita el número de personas que trabajan en la obra.














