
El aspecto actual de nuestro mundo es el resultado de siglos y siglos de migración humana, así como de complejos fenómenos naturales que han dado forma a la configuración geográfica de los continentes actuales. Entendemos este mundo a través de nuestras experiencias vividas, pero también lo comprendemos mediante una invención bidimensional del ser humano: los mapas. Los mapas definen las numerosas fronteras en disputa del mundo y se han utilizado con fines opresivos en determinados lugares, por ejemplo, para segregar sectores de un territorio y aislar a grupos sociales marginados.
Los mapas nos guían en la navegación y nos ayudan a asimilar la vasta escala de nuestro mundo, pero también presentan serias limitaciones. La proyección de Mercator es un ejemplo muy conocido de un mapa que distorsiona enormemente la realidad, haciendo que Groenlandia, por ejemplo, parezca tener el mismo tamaño que Sudamérica cuando en realidad representa solo una octava parte de su superficie. A lo largo de su historia, la disciplina de la planificación urbana se ha apoyado en los mapas para trazar asentamientos y diseñar entornos urbanos; no obstante, estas representaciones también han tendido a desvincularse de la multiplicidad de vivencias de quienes habitan el territorio, ya que los mapas suelen omitir la naturaleza compleja de las áreas urbanas.









