
En las cabañas primitivas de hace miles de años, el ser humano utilizava pieles de animales y ramas de árboles para construir lo que sería su refugio, los mismos materiales empleados para proteger su cuerpo de la intemperie. De la vestimenta a las viviendas, estos elementos textiles acompañan la historia de la humanidad evolucionando a la par de la tecnología, conquistando un espacio en la producción arquitectónica que va más allá de la creación de estructuras con membranas de poliéster/PVC y lonas, y que puede verse en otras aplicaciones como paneles de fachada, divisiones internas, cubiertas caladas, entre otras.
Desde una perspectiva histórica, Gottfried Semper, autor del célebre libro Los cuatro elementos de la arquitectura (1989), afirma que el principio del revestimiento en la arquitectura se fundamenta justamente en la práctica textil. Según Semper, la pared es un elemento de condición arquitectónica que materializa la delimitación del espacio interno y fue realizada, primordialmente, mediante el entrelazado de fibras vegetales (principio textil) antes de ser construida con cualquier otro material. Esta situación vincula la propia arquitectura con el arte, ya que el uso del tejido (al igual que el de la arcilla, la madera y la piedra) proviene de la creación de adornos, armas, utensilios y vasijas —avances en la aplicación de los materiales que ocurrieron antes incluso de que se construyeran los primeros monumentos.




















