
“Del problema de la locomoción se derivan todos los demás de la urbanización.” Fue en 1882 cuando el urbanista español Arturo Soria y Mata proclamó tal afirmación y, en respuesta a ella, creó e implementó el concepto de ciudad lineal. Basado en una doctrina funcionalista, este modelo de ciudad renuncia a estructuras tradicionales como plazas y manzanas, subordinando el diseño a los trazados de circulación en su configuración espacial más racional: la recta.
La ciudad lineal, en su concepción original, estaría compuesta por una espina dorsal en forma de vía urbana de longitud ilimitada –la cual, según Soria y Mata, podría conectar Pekín con Bruselas– cortada por pequeñas vías perpendiculares de 200 metros de longitud que ofrecerían acceso a las viviendas y lugares de trabajo. En el centro de esta enorme vía principal se implementaría toda la infraestructura urbana básica para el abastecimiento de la ciudad (tuberías de agua, electricidad, etc.), además de los equipamientos públicos relacionados con las necesidades básicas de la población, como salud y seguridad. Como crítica a las ciudades policéntricas, este modelo apuesta por la dispersión como elemento organizador, defendiendo un urbanismo “eficiente y equitativo”, es decir, en las propias palabras de Soria y Mata, “terrenos a buen precio y comunicación rápida, frecuente y econômica”, eficiencia que derivaría de la tecnología del transporte colectivo –en aquella época, el tren. Sus argumentos de condena a las ciudades circulares y ciudades jardín se basaban, por lo tanto, en la inacessibilidad financiera de los terrenos centrales, en la congestión en los centros urbanos y en la marginación de la población que habitara la periferia.






