
Al vivir en un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra, un cementerio nunca queda lejos. Si camino una hora por las calles locales, pasaré fácilmente junto a dos o tres, o incluso los atravesaré. Desde hace mucho tiempo han sido lugares de consuelo, paz, tranquilidad e incluso de una soberbia irónica.
Últimamente he notado que los cementerios que visito están más poblados por quienes aún están de pie. Hace un par de semanas, a medida que la pandemia cobraba fuerza, una amiga publicó en Instagram una foto de sus paseos por el cementerio Green-Wood de Brooklyn, con los hashtags #socialdistancing y #cemeteries. Más tarde me contó que era casi imposible mantener los dos metros de distancia de las demás personas que paseaban en el Prospect Park del distrito, por lo que ella y su pareja escaparon a Green-Wood en busca de un refugio de paisaje, escultura y arquitectura. En estos tiempos en que nos esforzamos por concebir y practicar una etiqueta de distanciamiento social que evite la descortesía, es inevitable que florezca un renovado aprecio por los cementerios como espacios de descanso y reflexión.

