
La alteridad es fundamental para el desarrollo humano. Si se le priva de estímulos variados, el cerebro no se desarrolla, pierde plasticidad y se deteriora como un músculo atrofiado. Dicho argumento es ampliamente aceptado cuando se trata de relaciones sociales, actividades cognitivas o físicas. ¿Y qué hay de los estímulos promovidos por el entorno construido?
Hubo un tiempo en que la búsqueda del espacio ideal, totalmente controlado para ofrecer condiciones perfectas de seguridad, confort y ergonomía para sus usuarios y usuarias, promovió una creciente disociación entre el ambiente interno y el externo. Hoy en día, queda cada vez más clara la importancia del contacto con la naturaleza, con los espacios libres y con sus variaciones inherentes de luz, sonidos, temperatura, humedad, olores, texturas, colores, elementos y vidas.
La importancia de la variedad de estímulos se ha debatido no solo en relación con los espacios internos o privados, sino también cuando se trata de espacios públicos libres. Calles, aceras, cruces, jardineras y plazas suelen estar dotados de tal monotonía que resulta difícil incluso diferenciarlos entre sí. Al replicar soluciones estándar de vías, equipamientos y mobiliario a lo largo de la ciudad bajo el argumento de la eficiencia, se desperdician oportunidades tanto de incluir estímulos variados en el día a día de la vida urbana, como de promover la diferencia como algo cotidiano, curioso, rico y prometedor.













