
¿Por qué debería cualquier arquitecto/a del siglo XXI molestarse en dibujar a mano? Después de todo, existe una abundancia de herramientas digitales al alcance de la mano que hacen que los bolígrafos y los lápices parezcan poco más que artefactos ancestrales. Quizás se les recuerde con cariño, pero resultan tan encantadoramente irrelevantes para la arquitectura contemporánea como los caballos de tiro para los agricultores actuales o las máquinas de escribir para los periodistas.
Sin embargo, como se afana en destacar el arquitecto, historiador y conservacionista neoyorquino Mark Alan Hewitt en su estudioso y polémico nuevo libro Draw in Order to See: A Cognitive History of Architectural Design: “El dibujo fortalece las redes neuronales y compromete las capacidades cognitivas, de la misma manera que tocar escalas y hacer ejercicios mantiene la agilidad de los y las músicos”. Hewitt cita a Nicholas Carr, autor de The Glass Cage: Automation and Us, quien nos recuerda que “La mente no está encerrada en el cráneo, sino que se extiende por todo el cuerpo”.
