
Transcurridos 469 años desde la construcción de la primera escuela brasileña –erigida en Salvador (Bahía) por jesuitas que enseñaban lectura, escritura, aritmética y doctrina católica–, la arquitectura escolar sigue siendo indistinguible en la trama urbana de la mayoría de las ciudades brasileñas. Edificios inexpresivos y poco modulables, imposibilitados de comunicarse con el territorio debido a su cerco de muros, fueron descritos en su momento por la arquitecta Mayumi Souza Lima como “construcciones (que) podían destinarse tanto a niños y niñas, sacos de frijoles o a autos, ya que son solo áreas cubiertas, con techo y piso”.
Con el propósito de cambiar este panorama, desde hace diez años el Grupo Ambiente-Educación (GAE) investiga la mejora de la calidad de los entornos escolares de Educación Infantil, generando contenido sobre el espacio pedagógico, la arquitectura escolar y su interconexión con los espacios públicos. El grupo tiene su sede en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ).
Revertir el aislamiento de los niños y niñas y diseñar escuelas que permitan la interacción con la comunidad y el territorio ha sido el lema de las últimas publicaciones del grupo. En mayo de este año, los/as arquitectos/as Giselle Arteiro, Vera Tângari y Paulo Alfonso Rheingantz lanzaron la publicación Del espacio escolar al territorio educativo: El lugar de la arquitectura en la conversación de la escuela de educación integral con la ciudad.
